Las Pasarelas del Vero – Alquézar (Huesca)

Acudimos puntuales a nuestra cita semanal y a las seis de la mañana del sábado 22 de junio estamos sentados y expectantes en el autobús que nos conducirá a nuestra ruta de fin de temporada a la que estamos inscritos 20 socios y 9 familiares y amigos invitados. El viaje transcurre plácidamente con el letargo de las primeras horas del amanecer, cuyo momento más hermoso coincide al pasar frente al Moncayo, dorado por los incipientes rayos de sol. Poco después de pasar Borja tomamos la autopista y seguimos hasta Zaragoza donde hacemos una corta parada para recoger a cuatro de nuestros invitados en una zona de la Expo a la que el autobús tiene fácil acceso. Continuamos viaje y habrá tiempo para degustar nuestro tradicional tentempié de las rutas largas compuesto por pastas y un vasito de moscatel.

Antes de llegar a Alquézar, enclavado en Parque natural de la sierra de Guara,  vamos divisando un castillo sobre un gran risco y más abajo un precioso pueblo medieval, de casas y tejados color tierra, sorprende su uniformidad, ni un edificio de color diferente o alturas descompensadas.

 

Aparcamos en el parking, sacamos las mochilas del maletero y nos vamos preparando para bajar al pueblo, lo hacemos por cuestas empedradas y escalinatas contemplando el castillo sobre su peñasco.

Se entra al pueblo por una puerta de medio arco con el escudo de Alquézar, un castillo y una corona; vamos admirando sus casas tradicionales y al llegar a una bonita plaza porticada nos detenemos a tomar un café. Después nuestro sherpa Ángel nos lleva a recoger los cascos de seguridad que se recomienda llevar.

Aquí encontramos por primera vez a un equipo de televisión que van a grabar el recorrido por las pasarelas y que seguiremos viendo a lo largo del circuito.

Nos dirigimos a la calle por la que también se va al castillo y tomamos el desvío que nos llevará a las pasarelas sobre el río Vero, bajamos por una larga y resbaladiza pendiente hasta que llegamos a las pasarelas, en esta primera parte del circuito están compuestas por siete tramos, en ocasiones con escalinatas y son de madera, van alternándose con senderos y zonas rocosas.

Al principio discurren entre la Peña Castibián, a la izquierda y las paredes rocosas de la Colegiata a la derecha y su camino de descenso al lecho del Vero es a través del barranco de la Fuente.

Vamos admirando las altas paredes horadadas del cañón de roca caliza con multitud de abrigos o cuevas causadas por la erosión del agua y el viento, donde anidan los buitres y las rapaces de esta zona especial de protección de las aves. Abajo, el río azul turquesa que ha excavado tan majestuoso paisaje en las rocas calcáreas. Además podemos disfrutar del atractivo de una frondosa y variada  vegetación.

Seguimos descendiendo hasta que dejamos las pasarelas y caminamos al lado del río, pronto estamos en la desembocadura del barranco de la Fuente en el río Vero y frente a la cueva Picamartillo con las límpidas aguas del Vero como escudo. Gran parte del grupo no duda en atravesar el río por un camino de piedras y en este lugar tan especial se almuerza y, al otro lado, quienes no han querido cruzar el río desfrutan del idílico panorama que les ofrece este paraje.

Algunos de los compañeros se han refrescado allí metiendo los pies en el agua y en el trayecto de las pasarelas veremos en el cauce del río varias zonas de las que disfrutan los bañistas.

El curso del río Vero es tan sólo de 33 km, pero en su recorrido obtiene cuantiosos aportes de agua de sus numerosos afluentes, con tan abundante caudal y la fuerza de sus aguas las obras hidráulicas forman parte de su paisaje y de su historia, quedando aún restos de construcciones árabes. Iremos advirtiendo este hecho a lo largo del sector que vamos a iniciar, el de las pasarelas metálicas.

Recorremos estas elevadas y modernas pasarelas ancladas a la pared de roca, sin perder detalle de este paisaje aéreo y en especial del río que también se hace escuchar.

Un lugar emblemático en este circuito es una presa cuyas aguas caen como una bonita cascada. Su origen es un azud que retenía las aguas que serían dirigidas hacia un molino harinero, a principios del siglo XX dicha construcción fue adaptada y aprovechada para almacenar el agua destinada a la central hidroeléctrica situada aguas abajo.

Como nota curiosa diremos que este sistema de pasarelas que tanto turismo atrae se ideó a principio del siglo XX para que los operarios pudieran acceder a la mencionada estructura, especialmente durante las crecidas y riadas del Vero.

Volvemos a alternar tierra firme, con un paso espectacular bajo una gran roca, con vertiginosas pasarelas para llegar a la antigua central hidroeléctrica.

Continuamos por un desvío a la izquierda por una pista y llegamos a un nuevo tramo de pasarelas que terminan en un mirador con una fantástica vista panorámica del barranco y de Alquézar.  En ese punto la ruta de las pasarelas y el GR 1.1 enlazan con el Camino Natural del Somontano, que tomaremos a la derecha para retornar al pueblo.

A nuestra espalda quedan las paredes rocosas del cañón, la derecha con la cicatriz longitudinal de las pasarelas que nos han proporcionado una espectacular panorámica a vista de pájaro sobre todo el entorno.

Concluimos el recorrido circular por las pasarelas del Vero en el mirador y con la información sobre las mismas que nos proporciona el diario Heraldo de Aragón:

“Se inauguraron en el año 2002 con un recorrido de unos 2,2 km.  En mayo de 2016 se inauguraron las denominadas pasarelas metálicas, se habían añadido 225 m. más de pasarelas, un puente y un mirador. Esta versión ampliada de la ruta se integró en el nuevo trazado del sendero de gran recorrido GR 1.1,  catalogado ya como Sendero Turístico de Aragón (STA).

Las lluvias torrenciales caídas en noviembre provocaron desprendimientos de rocas que afectaron al tramo nuevo de pasarelas, obligando a su cierre,  sólo se podía transitar por el recorrido ‘original’ de las pasarelas.

En enero la ruta de las pasarelas vuelve a estar abierta en toda su longitud, entre los trabajos realizados, se han repuesto alrededor de 40 m de estructura de pasarelas, se ha cuidado la estabilidad de los anclajes, se han añadido fijaciones nuevas y una visera de protección ante posibles desprendimientos.”

Dejando atrás el mirador y el cercano puente de Fuendebaños ascendemos por un sendero entre huertos y antiquísimos olivares, en esta zona se da una variedad de olivo denominada alquezrana o alqueracerana que se caracteriza por su resistencia al frío y la sequía.

Un pronunciada pendiente nos lleva a la calle donde se encuentran las terrazas de bares y restaurantes, pero hemos de seguir subiendo porque hay que ir al autobús a dejar la mochila y cambiarnos de ropa, al menos de calzado. Hecho esto, regresamos en busca del restaurante que teníamos reservado y en su terraza disfrutamos de una excelente comida.

Después una agradable sobremesa y bajo el sol de las primeras horas de la tarde nos dirigimos a visitar el conjunto religioso-militar que hemos venido admirando y que da nombre al pueblo: Alquézar, derivado de Al-Qasr o alcázar, una fortaleza islámica.

Entramos al recinto por una rampa escalonada y una puerta abierta en una muralla con almenas y divisamos Alquézar, ahora bajo otra perspectiva, bajando la mirada, más cercano  y huérfano de su conjunto arquitectónico más sobresaliente porque estamos en el mismo.

Es una visita que realmente merece la pena y se tiene la opción de que ésta sea guiada lo que permite hacerse una idea de la evolución de la edificación desde la construcción en el siglo IX de una fortaleza levantada por los musulmanes, su singladura pasó por la reconquistada por Sancho Ramírez en 1067 que dotó la fortaleza con guarniciones militares asistidas por un abad y canónigos de la orden de San Agustín, siendo consagrada la iglesia de Santa María en 1099.

A medida que el proceso de la Reconquista avanza la fortaleza pierde importancia estratégica y se incrementa su función religiosa transformándose  la abadía en priorato en 1149, conocido como  priorato  alquezarense, centro comercial de la comarca. Época en la que se construye un templo románico con galería porticada.

En el siglo XIV, la comunidad decidió construir un claustro  integrando el atrio románico, por este motivo hay un único muro con capiteles historiados y la planta del claustro es un cuadrilátero irregular por tener que adaptarse a un espacio insuficiente, pero como todo claustro que se precie posee un cuidado jardín y un alto ciprés.

A partir del siglo XV las paredes del claustro se decoraron con  pinturas murales. En una de estas paredes se abre la entrada a una colegiata que se construye en el siglo XVI con un estilo gótico tardío y que actualmente no tiene culto. Del templo románico sólo quedará el claustro que además se amplía con una segunda planta.

Se diseñó como una nave cubierta de bóvedas de crucería estrellada y ventanas en lo alto de los muros. Durante el siglo XVII se le añaden algunas capillas que exponen antiguos objetos litúrgicos, entre ella la del Cristo de Lecina, una talla románica de tamaño natural. También se levanta el retablo mayor, en madera de pino policromada y dorada. Se concibió como un monumental sagrario con un óculo central donde estaba permanentemente expuesto el Santísimo Sacramento.

Cuando subimos a su camarín vemos el óculo acristalado por el otro lado con un pequeño espacio para el humo y para la luminaria que lo mantendría siempre con luz.

Antes de llegar hemos de pasar por la segunda planta que presenta una hermosa galería con ventanas de medio punto, con vistas al jardín del claustro y por otro lado al extraordinario paisaje.  Dicha galería nos conduce al museo, inaugurado en 1973, que acoge piezas sobresalientes del patrimonio de esta iglesia. Se pueden admirar antiguas casullas, libros, objetos de culto, cuadros, retablos, relicarios y diminutas reliquias.

Una angosta escalera nos llevará al mencionado camarín. También la escalera que va a la galería nos hizo descubrir otro rincón curioso, el interior de una torre con un viejo engranaje de reloj y un sistema de contrapesos de cuerdas y piedras.

Existe una leyenda sobre el campanario de la colegiata que cuenta que un aspirante a campanero, en su primera noche, escuchó un toque a difuntos sin que nadie volteara la campana y se le apareció el fantasma de un abad que en vida había amado a un ser sobrenatural, ya arrepentido expiaba su pecado y su llanto se convertía en el tañido de la campana.

Otra torre con historia es la de la parte alta de la muralla, construida en el siglo XV que en el XVIII fue acondicionada como esconjuradero cuya función era alejar las tormentas por donde se acercaran, para ello estas construcciones contaban con vanos abiertos a los cuatro punto cardinales.

Son muchos los rincones  interesantes pero va siendo hora de regresar al autobús, nos despedimos entre las almenas de la muralla como aquellos primeros oteadores con la mirada puesta en Alquézar y sobre la sierra y cañones de Guara y en su barranco de la Fuente, recorrido por esas pasarelas que tanto disfrutamos durante la mañana.

 

22/06/2019

Ana María Abajo

 

 

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Posted by: soriapasoapaso on