URBION Y AHORA ZURRAQUIN: AMIGOS PARA SIEMPRE

 

 

                                                                                  Soria, 8 Junio 2019

 

El roce hace el cariño. Y el cariño lleva al apego. Y si esta sentencia popular está avalada por los hechos que mueven las relaciones entre personas, no es menos cierto nuestro cariño y apego en la  relación que mantenemos con la naturaleza por permitirnos conocer cada sábado un espacio con encanto, el paisaje de unas sierras que parecen la obra pictórica sacada de la mejor pinacoteca; salientes riscos,  pronunciadas quebradas o  incipientes arroyos, patrimonio/testimonio milenario de la belleza espontánea de estas tierras; el  embrujo de una montaña, orgullosa y erguida, a veces austera, otras pródiga en variedades arbóreas o faunísticas,  que nos invita a hermanarnos con ella en lo más alto de su cima, aspiración inveterada del ser humano por conquistar las alturas donde moran las deidades que vigilan los destinos de sus cercanos pobladores.

Las palabras precedentes sirven de motivo y, a la vez de justificación para la presentación de nuestra ruta de hoy. Y si hablamos de roce y cariño, es de rigor aludir a la preferencia que nuestros sherpas tienen a la hora de programar rutas de  montaña por la sierra del Urbión, (“y las que nos quedan por hacer”, en palabras de nuestro presidente), conocedores del encanto  y la ilusión que despiertan en la nutrida concurrencia de los agradecidos caminantes de nuestro club. Si en paseos anteriores hemos admirado  las inmediaciones del Urbión por su cara sur, principalmente,  estos dos últimos meses hemos podido explorarlo por distintas latitudes para descubrir otros espacios emblemáticos, otros tesoros naturales que alberga la extensa comarca montañosa: hace pocas semanas fueron los ciclópeas rocas que esconde Ambascuerdas y las caprichosas e imaginativas figuras que el viento, el agua y otros elementos atmosféricos han esculpido sobre las mismas; más tarde conocimos, por su cara norte, los herbosos valles y serpenteantes riachuelos que pincelan el paisaje  de las Viniegras, descendiendo desde el alto de las Tres Cruces por la vertiente riojana  hasta los pueblos del mismo nombre; la semana pasada fue la subida  al montículo, por su costado más noroccidental,  donde se hermanan los tres dominios geográficos que comparten esta serranía y que lleva el acertado nombre de “Pico de las tres provincias”, con vistas al impresionante valle que se abre al norte  y la excelsa laguna del Urbión  donde nace el río del mismo nombre, con  ascenso posterior a la cumbre del Urbión, previo paso por la antesala del no menos hermoso y rocoso enclave de Piedras Blancas, para seguidamente  rendir tributo de  admiración a  la joya de la corona que  esconde  la falda de nuestra venerada cima: el nacimiento del río Duero, y cuya importancia geográfica, ambiental, regional, social, económica, etc., ha descrito con detalle nuestra compañera Ana Mº Abajo en la última crónica. Y en la ruta de hoy  hemos descubierto  (aunque ya  conocíamos su nombre) el hermano  mayor del Urbión: el pico Zurraquin. Y como no podía ser de otra manera, aproximándonos a él hemos establecido una relación de cercanía  y con  la cercanía hemos aprendido no solo a admirar su expresiva presencia, la belleza de sus erizadas rocas, el desafiante equilibrio de sus moles pétreas, sino a quererlo un poco más por tenerlo a nuestro alcance. El roce hace el cariño. Ahora ya son dos colosos de la montaña nuestros amigos en las alturas. Dos amigos para siempre.

Pero empecemos desde el principio. Al fin y al cabo esta es una crónica sobre el devenir  senderista de cada sábado. Y si me he permitido esta licencia, a medio camino entre el esbozo narrativo y la pasión de este caminante por la montaña, es porque creo expresar no solo un estado de ánimo personal, sino un sentimiento grupal cada vez que descubrimos el encanto de estos parajes montañosos que, en su variedad de manifestaciones ambientales,  fascinan nuestra mirada y cautivan nuestra atención.

8 de Junio, 7,00 h. Las previsiones meteorológicas no pueden ser más favorables para nuestra actividad: se anuncia una mañana soleada  con temperaturas agradables, no obstante el fresco matinal que señala el termómetro a esta primera hora del día. De nuevo rebasamos con creces la veintena de animados caminantes, incluido algún joven invitado.

Con la puntualidad acostumbrada, ponemos rumbo hacia las estribaciones de la Laguna Negra, donde comenzaremos   nuestro itinerario. Tenemos suerte y a la hora de llegada al lugar (8,00 h.) está abierta la barrera que regula el tráfico de acceso a la Laguna, lo que nos facilita la subida en coche hasta el mismo punto de origen.

Tránsito obligado por la pasarela que circunda el perímetro de  esta masa de agua, teñida de color verde por las algas que oculta en su interior, y alguna foto de rigor a esta conocida, visitada, exaltada, misteriosa y siempre admirada Laguna Negra.

Y la primera prueba de fuego la tenemos apenas  echamos  a andar: nos espera la subida por el conocido paso del Portillo, tramo comprendido en el GR 86, con su vertiginosa pendiente y el irregular suelo sobre el que asentar la bota, para ganar pronto la altura que nos permite caminar por terreno menos exigente en esfuerzo cardiopulmonar. No llegamos a coronar el citado paso y 100 m. antes, aproximadamente, de alcanzar su zona más llana, nos desviamos a la izquierda por otra no menos exigente senda, la conocida como “senda mala”, que, si bien no es un trayecto en escalada,  nos obliga a agudizar la vista (“mirar más al suelo y  darle menos a la lengua”, – advierte en tono magistral nuestro  sherpa, sabedor de las precauciones a adoptar por este tipo de camino-).

Y es que el trazado de la senda hace honor a su nombre: se trata de una estrecha vereda, a menudo cubierta  de obstáculos en forma de piedras, raíces de pinos, estrechamientos sobre curvaturas del suelo, etc. que, para dar más emoción a su recorrido, discurre sobre el borde de un vertiginoso cortado sin más protección que la exigente prudencia del caminante para evitar males mayores. No sería el primer incidente/accidente registrado en este camino por otros andarines. Y hasta los viejos del lugar aseguran que más de un animal se ha despeñado por estos riscos.

A poco de empezar el recorrido  y antes de encontrarnos con la aviesa travesía de la senda descrita, nos topamos con una pequeña laguna (lagunita, más bien), cuyo nombre desconocemos. Alguien pregunta cómo se llama esta recién aparecida competidora menor de la Laguna Negra, a lo que Julián,

con su habitual humor y contrastada ironía, responde con un término que, por decoro al lenguaje, omito reproducir, pero que, sin embargo, siembra la duda entre algunas compañeras interesadas en saber su identidad.

Continuamos por la senda mala con las mismas precauciones que nos ha aconsejado el sherpa: no perder de vista el suelo, no hacer más uso del debido de las conversaciones habituales que supongan alguna distracción para nuestros pasos y admirar pausadamente, es decir, con las pausas que hagan falta (no tenemos prisa) el espectáculo de pinos, hayas, fresnos, etc. que  alcanza  nuestra vista hacia la ladera y el valle que se hunde a la izquierda sobre la cuerda que caminamos, inundando la masa boscosa el  extenso paisaje de este privilegiado entorno de los pinares sorianos.

Nos hemos adentrado ya en el término  municipal de Covaleda y tras superar las peores condiciones de la citada senda, nos encontramos con  vetustos y voluminosos ejemplares de pino albar, que nos recuerda otro paseo que hicimos no hace mucho tiempo por otra ruta no muy lejana a esta conocida como “Los abuelos del bosque” ¿Abuelos? Si les otorgamos el estatus genealógico de bisabuelos o tatarabuelos, tal vez sería más acertado. Se trata de auténticos supervivientes centenarios que han nacido, crecido y desarrollado en condiciones climáticas y ambientales adversas,  que no solo han aguantado  el paso del tiempo, sino que han desarrollado una morfología parecida a caprichosas creaciones imaginativas semejantes a animales, figuras geométricas o criaturas fantasmales  por la forma, volumen, orientación y dimensiones de sus troncos y la dirección de su ramaje. Otra muestra más de las sorpresas que alberga la tierra del Urbión.

Y caminando junto a estos testigos de excepción del pinar, hemos llegado a otro punto de obligado tránsito en nuestra ruta, conocido como el “Chozo del tío  Periquillo” (aunque en la tablilla informativa colocada en el citado lugar han suprimido la invocación al  “tío”, pero los nativos del lugar siempre lo hemos conocido con su apelativo familiar). Se trata de una pequeña y rudimentaria construcción que hacían los pastores, como refugio para su trabajo en el monte pastoreando el ganado (normalmente rebaños de cabras hasta su progresiva desaparición de la zona por  razones principalmente económicas, aunque también han pastado vacas por esta zona), de apenas 6 m2 en su interior, que se conserva en buenas condiciones para su uso ante un imprevisto climatológico o, simplemente, como punto de referencia en el recorrido por estos caminos. No muy lejos de este, también en el término municipal de Covaleda  y en dirección suroeste, se encuentra el “Chozo el Farrista”, de las mismas características y similares funciones que el anterior, cercano al conocidísimo refugio del Muchachón. Igualmente se encuentra en apto para uso y alivio de caminantes en situaciones especiales, máxime después que los nietos del titular que da nombre al chozo lo hayan adecentado recientemente.

Dejamos el chozo y cambiamos el rumbo en dirección noreste hasta llegar a nuestro siguiente objetivo, donde haremos la parada de rigor para recuperar energías: el Mirador de la Laguna Negra. Magnífico balcón desde el que se nos ofrece una soberbia estampa del terreno montañoso, con sus valles, sus pliegues  y elevaciones a uno y otro lado, sus caminos y contrastes entre las alturas y los llanos, alternándose en sabia armonía y magnífico equilibrio piedras, valles, masas de agua. Frente a nosotros, el brillo verdoso de las aguas de la Laguna Negra y  el filo de sus farallones, milenarios escoltas y guardianes de la pureza del lugar. En la misma dirección, y elevándose sobre firmes estratos roqueños, el desafiante y siempre seductor Pico Zurraquin. Desde nuestra privilegiada posición, podemos observar la hilera de senderistas que han superado el paso del Portillo y se encaminan hacia la cima montañosa, siguiendo el GR-86. A nuestra izquierda, la prolongada elevación de Mojón Alto, que culmina en  la muela del Urbión. Y en medio de tanta contemplación (que no solo de imágenes vive el senderista) y sobre la plataforma acondicionada para ser espacio de observación y pausa en el camino, llega el momento de tomar asiento sobre la piedra más cómoda,  abrir las mochilas y dar cuenta de las viandas hasta entonces celosamente guardadas para la ocasión. Como de costumbre, no faltan la tortilla, la bota, las ricas barras energéticas en forma de sofisticados bocaditos  de chocolate, frutos secos y el humeante café que completa nuestra bien merecida reposición gastronómica. Es el momento de comentar lo más destacado de la jornada y poner de relieve los sentimientos, emociones y actitudes que, individual y colectivamente, se manifiestan en la vida del  grupo:  la risa espontánea y contagiosa de Gema; la amable y cálida locuacidad de Almudena; el rigor de la orientación que nuestro sherpa trasmite a través de la mano que mece la cuna donde reposa la actividad del wikiloc que guía nuestros pasos; la siempre acertada información sobre el lugar, nombres, identificación de los entornos, etc. que proporciona José Antonio a cualquier duda planteada; la no menos puntual y eficiente asistencia prestada por nuestro bien equipado y mejor preparado equipo de profesionales de la salud, Enedina, Emi, Pilar, Mª Jesús… ante cualquier incidencia o accidente, por mínimo que sea, (¡qué suerte tenemos de caminar con esta seguridad sanitaria!); la emocionada y auténtica asertividad que muestra Esther en lo que va viendo y conociendo por el camino; la   resistencia callada de Mª Jesús ante las sorpresas que le pueda dar su maltrecha cadera; la aparición siempre imprevisible de Ricardo en los lugares más inesperados del recorrido; la constancia y el tesón de Elisabel en los tramos más exigentes; la oportuna y siempre bien recibida tanda de ejercicios de calentamiento, previos o durante, que dirige Reme para mantener en óptimas condiciones nuestros músculos; la discreta y amable conversación que se puede mantener durante el trayecto con  José y José Luis; apuntado queda el tono siempre optimista y bienhumorado que muestra Julián en cualquier momento del trayecto…. En fin, solo es una semblanza de lo que cada uno transmite, y que se transforma en la vida  pujante y entusiasta  que cohesiona a un grupo en torno a unos objetivos compartidos: descubrir el encanto de los ambientes naturales, respetar sus espacios y amar la patria común de cualquier ciudadano. Si a esto añadimos que, gracias a los oficios y contactos de alto nivel  que mantiene nuestro eficiente sherpa-tesorero,  nos encontramos con la grata sorpresa de que nos han hecho un hueco en el último número de  la revista Vogue, ahora sí  podremos decir con propiedad  que ya tenemos  el reconocimiento internacional a nuestra actividad….Todo un logro de “Producciones A.C.” para ponernos en el mapa del montañismo de élite. (Espero que este apunte humorístico, motivado por una originalidad de nuestro imaginativo productor de audiovisuales, sea tomado así: como una nota de humor).

Abandonamos el Mirador y nos dirigimos por una ancha y cómoda pista en ligero descenso de uno de los tramos del GR 86 que enfila hacia el Urbión. Y a corta distancia de nuestra salida encontramos otro bucólico espacio sobre una verde llanura, bañado por las aguas de la Laguna Helada. Recibe su nombre porque sus aguas están tan frías que cuentan los lugareños que es imposible poderse dar un baño. Junto con la Laguna Larga (un poco más hacia el norte), forma parte de los llamados Circos Glaciares del Urbión, cuyo valor natural ha hecho que dichos espacios hayan sido incorporados  en la Red Natura 2000.Es un lugar que destila paz y silencio, quietud y reposo, solo alterado por las voces de quienes transitan sobre las escarpadas laderas que protegen la tranquilidad de esta silenciosa laguna.

Llegamos a un punto donde se cruzan los dos tramos que recorre el GR 86 por estas altitudes y ahí  encontramos numerosos caminantes que han salido de la Laguna Negra y se dirigen al Urbión, primera etapa de su peregrinaje, para después a conocer el nacimiento del Duero. Hablamos con algunos de ellos provenientes de San Sebastián, Navacerrada, Reinosa…, todos con el mismo objetivo. Les deseamos suerte en su empeño, mientras nosotros doblamos a la derecha a la conquista del alto del Zurraquin.

Una moderada cuesta nos separa del altivo picacho que se alza ante nuestra vista. Pero antes nos advierten los sherpas que nos esperan algunas sorpresas inéditas, en forma de “bosque de piedras”. “¿Bosque de piedra?”-preguntamos con cierta desconfianza- . A medida que avanzamos hacia lo alto divisamos en la lejanía lo que parece ser un canchal, sobre un terreno inusualmente plano, donde se puede apreciar en la base horizontal del suelo de piedras otras colocadas en forma vertical, que no son producto del azar, sino que han sido levantadas y colocadas a modo de pequeños árboles por los caminantes y senderistas que por aquí han pasado y cuya tradición exige que también nosotros hagamos nuestra aportación a esta labor de “embellecimiento” de lo que es un árido montón de piedras en la representación de un bosque pétreo encantado. Por si fuera poco, en el primero de los canchales que encontramos, se ha levantado con las piedras del  lugar un monolito de geometría cónica, de apenas 1,60 m. de altura, cual árbol-guía que quiere inmortalizar la transformación del lugar en la imagen de una naturaleza viva y animada. Contribuimos a esta colectiva y solidaria tarea del senderista, colocando en posición vertical  una  piedra, que se erige en la pretendida representación de un espacio animado. Un poco más delante  nos encontramos otro canchal de similares características y con idéntica morfología transformada del lugar. Nuevamente repetimos el mismo rito que pretende vivificar el entorno.

Y de repente el Zurraquin (2.105 m.).Ahí lo tenemos con sus desafiantes y puntiagudas moles que apuntan hacia un horizonte sin límite, guardián y vigía del protegido enclave de la Laguna Negra, escudero mayor del Urbión, testigo de excepción del paso de aves que surcan las alturas camino de otras latitudes más cálidas o de aquellas que mantienen su vuelo sobre estas cumbres en busca de una naturaleza limpia y un entorno protegido para su supervivencia. Las formaciones rocosas que presenta este espectacular pico y las vistas que ofrece desde sus privilegiadas atalayas, ha hecho que los/as más decididos/as de los nuestros se encaramen en alguna de estas rocas salientes para dejar testimonio en la cámara fotográfica de su paso por esta singular formación montañosa. Hemos saludado al Zurraquin y hemos aprendido a querer un poco más este reducto que se eleva sobre sus pétreos cimientos, como si quisiera conquistar otros espacios.

Nos espera otra prueba no exenta de riesgos: la bajada, a tumba abierta, desde los 2.015 m. que nos hallamos  a la base donde hemos aparcado los coches. La pendiente está señalizada con hitos que otros amantes del monte han colocado para guiar al caminante, pero no existe ningún  trazado o senda segura sobre la que pisar. Es un descenso por momentos vertiginoso, que exige una dosis extra de prudencia y equilibrio para no caer en las muchas trampas que se nos presentan: pequeños hoyos tapados por la propia vegetación, barreras que forman las piedras  sobre las que hay que elevarse para seguir avanzando, raíces de arbustos y matorrales a ras de suelo, ocultas en la frondosidad del  ramaje y las plantas herbáceas difuminadas por el camino….Con precaución y buena dosis de paciencia vamos descendiendo sin contratiempos destacables…El descenso no es muy largo y nuestro sherpa da ánimos a la concurrencia indicando los pocos metros que nos quedan para finalizar el recorrido. Los gritos entusiastas de Gema anunciando la llegada a la meta se escuchan  por los más rezagados, que suspiran aliviados al vislumbrar el aparcamiento de los coches. Fin de la etapa. Otra suerte añadida: el puesto de bebidas al pie del acceso a la Laguna Negra está abierto, lo que nos permite refrescar nuestras ya incipientes secas gargantas en un ambiente tranquilo y confortable.

Durante estas últimas semanas, paseando por las cumbres, hemos aprendido a conocer y admirar con  más ilusión el encanto y los recursos que nos ofrece la montaña pinariega: la combinación de contrastes que generan los ecosistemas forestales, las lagunas, los arroyos y los pastizales de alta montaña, dan lugar a exuberantes paisajes, característicos de la alta montaña mediterránea  ibérica. Es parte de nuestra tierra. Un regalo de la naturaleza, que nos permite acercarnos a ella sin preguntarle si admite nuestra compañía,  o le gusta nuestra presencia por el respecto y la veneración que sentimos por ella. El próximo sábado nos acercaremos de nuevo por estas latitudes. Rendiremos tributo al Revinuesa, río que mece su curso entre el suave balanceo de los valles donde tiene su origen y la vertiente que le aboca  a las llanuras de su Vinuesa natal, para recreo y solaz de quienes disfrutan su presencia,  pasean junto a su cauce o se zambullen en sus aguas. Y contaremos lo vivido al lado de este mimado río de las llanuras visontinas. Pero eso, será la próxima semana.

 

AGNELO YUBERO

 

2 Comments so far:

  1. Me he emocionado leyéndolo Agnelo, no solo describes la ruta y la revivimos también nos ayudas a identificar nuestros sentimientos cuando caminamos por el terruño.Gracias.

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Posted by: soriapasoapaso on