LA MAGIA DEL PIRINEO 18-19 abril, 2026

Hemos vuelto. La montaña ejerce una especie de atractivo estimulante que se manifiesta en nuestra indisimulada pasión por las cumbres y altitudes, garantes de aventura, belleza, esfuerzo y conocimientos medioambientales. Y el Pirineo es una síntesis de todo eso. No es la primera vez que rendimos culto a los enclaves pirenaicos.  Ni será la última. De ahí la capacidad de convocatoria que tiene este tipo de rutas: casi cincuenta entusiastas de la mochila y el bastón nos hemos dado cita para escudriñar las entrañas del siempre espectacular Pirineo, por donde quiera que se le mire.

La distancia, desde nuestro lugar de residencia, no es pequeña. Así que a las 6,00 de la mañana, con la puntualidad que caracteriza al grupo, ya tenemos acomodados en el autobús que nos llevará hasta Jaca, mochilas, bastones y bolsos o maletas adicionales para el obligado cambio de atuendo personal que exigen las dos jornadas que pasaremos por la Huesca montañosa. Y un par de minutos después, el autobús se pone en marcha.

Arrancamos con noche cerrada todavía y enfilamos la carretera de Zaragoza. Pasan unos minutos de las 7,00 h. cuando despuntan las primeras luces de un día que emerge, mientras atravesamos la vecina ciudad maña de Tarazona. El ambiente somnoliento todavía se hace patente en el interior del bus. Es un intento por arrebatarle a la noche el sueño robado a nuestro plácido descanso doméstico.

Poco a poco la incipiente madrugada va clareando y los adormecidos viajeros, con desgana, van abriendo los ojos, mientras se oyen los primeros intentos de conversación con el compañero de asiento.

Las previsiones meteorológicas son optimistas. Vamos atravesando las inmediaciones de Zaragoza, y el sol, ya librado del tapiz oscuro de las nubes que ocultan su luminosidad, da paso a un cielo radiante, aliado deseable de todo senderista para goce y disfrute de su caminata.

Y como en todo trayecto largo, no falta la deseada pausa viajera para un corto descanso, tomar café y otros complementos nutricionales: son algo menos de las 10,00 h. y hemos consumido el desayuno doméstico antes de   las 6,00 de la mañana. Así que la parada, además de justificada, es más que necesaria. Y lo hacemos en una, para nosotros, nueva área de restauración en la provincia de Huesca, que, curiosamente, está atendida por personal de Agreda, según me manifiesta una de las empleadas de la barra.

Reemprendemos la marcha. Nos queda algo más de una hora hasta nuestro punto de destino: Piedrafita de Jaca.

Dejamos una cómoda calzada para adentrarnos en tramos marcados por la orografía, que hacen de la carretera un serpenteante y curvilíneo recorrido.

Poco a poco el paisaje va cambiando, a la par que va presentando los perfiles de un terreno montañoso, rico en vegetación en llanuras y laderas de su extenso dominio, con testimonios de riqueza hídrica, como el embalse de Búbal, en pleno valle de Tena, que presenta un magnífico aspecto, producto de las confluencias fluviales de las que se alimenta, como las aguas del río Gállego, además de otros pequeños arroyos y torrentes que descienden de las montañas aledañas. Su nombre se debe al municipio del mismo nombre que quedó anegado para la ocupación del embalse, algo similar a nuestra soriana localidad de La Muedra, cuando se construyó el pantano que lleva su nombre.

Y en poco menos de media hora hemos llegado a Piedrafita de Jaca, punto de arranque de nuestro primer objetivo: el ibón de Piedrafita.

Nuestro autobús estaciona en el aparcamiento conocido como “parque faunístico Lacuniacha”, en el casco urbano del citado municipio. Y comienza el ritual de todo inicio de ruta: comprobación de equipamiento, estiramiento de bastones, ajustes y acomodos de mochilas, correcta sujeción de las botas, garantías de que el bocadillo va en el alojamiento previsto de la mochila, alivio de alguna que otra necesidad fisiológica en el sitio más discreto…

La localidad que nos recibe pertenece al municipio de Biescas y se encuentra a 1241 m. de altitud. Un poquito más (pero poco más) que la comarca pinariega de nuestra familiar Soria. El ibón para visitar lo alcanzaremos a 1611 m.

Comenzamos. El camino, en principio es amable. La distancia no muy larga (algo más de 4 Km. hasta alcanzar el Ibón). La ilusión y las energías, todavía intactas.

Iniciamos el recorrido en dirección a la ermita de la Santa Cruz. Seguimos la ascensión por un sendero que se adentra en el mágico bosque del Betato. Este fantástico bosque encantado está poblado mayoritariamente por hayas, que se yerguen sobre un suelo alfombrado de hojas y tan frondoso que la luz apenas entra en él.

Pero no solamente son las hayas: en su hábitat vegetal encontramos pino silvestre, acebo, fresnos, abedules y otras especies arbóreas, como el boj, que le confiere a este entorno el aspecto mágico con el que titulamos este relato. Y si bajamos la vista (algo que hacemos de forma obligada para conocer el terreno y asegurar la pisada) encontramos unas típicas flores pirenaicas, aunque no exclusivas de esta zona, conocidas como “prímulas”, del latín “primus” (primero), y cuyo significado es la primerita de la primavera. Pero más entrañable es su simbolismo, ya que vienen a representar la renovación, la juventud y el amor eterno, por ser las primeras flores en brotar.

Ya cerca del ibón (a 1555 m. de altitud) observamos a nuestra derecha el refugio de Telera, más utilizado por los pastores que por los caminantes que visitan el ibón. Casi inmediatamente la pista que seguimos cruza sobre el barranco de Boj, donde desagua el ibón y aquí el sendero remonta junto al torrente, hasta llegar a nuestro destino.

Hemos alcanzado el ibón. Y ahora toca disfrutarlo, admirarlo, contemplarlo, acariciar la pureza de sus aguas y, sobre todo, perdernos con la mirada hacia el frente norteño que nos ofrecen los picos alpinos cubiertos de nieve, a modo de altivas murallas que cierran el espacio patrio, mientras al otro lado vigilan la vecina Francia.

¿Algún lugar más idílico para desenvolver nuestro deseado bocadillo que a los pies de este excelente lago glaciar? No lo encontraríamos. Así que, acomodamos nuestras mochilas, extraemos el preciado bocata, observados por el majestuoso macizo níveo que exhiben sus alomadas cumbres.

La tranquilidad del lugar parece detener el tiempo e invita a permanecer aquí sin mirar el reloj. Pero este recorrido solo es un aperitivo de la jornada que nos espera hoy. Así que, consumidas las viandas preparadas para la ocasión, iniciamos el regreso casi por el mismo camino que hemos traído, con alguna pequeña variante en el último tramo.

Son algo más de las 15,00 h. cuando llegamos al aparcamiento del autobús y José Antonio nos propone desplazarnos a un mirador cercano (apenas 1 Km de distancia), desde donde obtendremos espectaculares vistas del valle del Tena. Acogemos la idea con la lógica curiosidad por conocer nuevos entornos y parajes que la comarca nos ofrece. Por una estrecha senda nos dirigimos al punto de interés, conocido como “Mirador de la punta El Baro”. Magnifico balcón para contemplar, siguiendo las ilustraciones del tablero informativo, los abigarrados penachos montañosos que se extiende de este a oeste por el macizo pirenaico, casi todos ellos por encima de los 2.000 m. de altitud, así como alguna de las estaciones de esquí más conocidas, caso de Panticosa. Y en la parte inferior, dominando la llanura, el tranquilo embalse de Búbal que ya hemos admirado a nuestra llegada a Piedrafita.

Volvemos sobre nuestros pasos para hacer la comida de mochila junto a un pequeño parque que nos ofrece el municipio y que utilizamos con gusto, aunque no se trate de un espacio especialmente habilitado para reuniones gastronómicas. Pero tenemos facilidad para acomodarnos a cualquier espacio que nos permita disfrutar del recurso que renueva energías.

Hemos terminado la comida y todavía no hemos acabado el programa de visitas previsto para hoy.

De nuevo en el autobús, nos encaminamos a otro emblemático lugar, al que accederemos por un “tortuoso camino” (en expresión de Yolanda, y que suscribimos la totalidad del grupo).

Se trata de la cascada de “Oros bajo”, donde la singularidad de este espectacular fenómeno se encuentra en la formación estratigráfica de las paredes que abrazan la caída del agua en dos planos, de 7 y 5 metros de altura, respectivamente. Llama la atención por su originalidad la pared superior, formando un semicírculo compuesto por estrías superpuestas redondeadas, a modo de un cordón simétrico, cual si fuera la figura de un fósil gigante que ha dejado su huella en este lugar, bañado por la impetuosa cascada, sin alterar la belleza de su estampa pétrea.  Y si hemos señalado que el camino de acceso no es muy agradable, es por la imposibilidad de hacerlo por los márgenes del arroyo que produce esta cascada y que, en otras ocasiones, cuando lleva menos agua, me comenta José Antonio, se puede hacer por el borde del mismo arroyo, lo que facilita y mucho la subida a este magnífico y original salto de agua.

La mañana ha sido intensa y pródiga en conocimientos pirenaicos. ¿Qué toca ahora? Pues tomar el autobús de nuevo y dirigirnos a Jaca. Allí tenemos reservado alojamiento en el albergue que regentan los PP Escolapios, donde llegamos hacia las 18,30 h. Distribución de habitaciones, imprescindible aseo personal, cambio de atuendo y tiempo libre antes de cenar para conocer esta cuidada y atractiva ciudad pirenaica. Hay quien aprovecha para visualizar su contenido cultural, con visitas a la ciudadela y la hermosa catedral románica.

Otros, hemos optado por una solución más hedónica, acomodándonos en la mesa de una terraza, mientras disfrutamos de una más que merecida y refrescante cerveza, que colme la sequedad de nuestros gaznates. En cualquier caso: un tiempo libre que disfrutamos en conversaciones, cambio de impresiones, comentarios y, sobre todo, en camaradería y ambiente jovial que rezuma el grupo.

Mañana nos espera otra jornada no menos intensa. Pero de eso se encarga Emi de comentar cómo fue, con su habitual y fino estilismo descriptivo.

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En nuestro segundo día de senderismo, los “entusiastas de la mochila y el bastón” vamos a continuar disfrutando de la atmósfera mágica que nos envuelve en el Pirineo. Seguimos también escudriñando las entrañas de las montañas cuya magia nos conduce hoy hacia uno de los grandes tesoros del románico aragonés, un monumento que representa tanto la riqueza arquitectónica como la historia viva de la región: el Monasterio de San Juan de la Peña, situado en una posición natural privilegiada, hoy protegida, por donde vamos a rutear dejándonos llevar por la esencia montañera.

Alberto vuelve a demostrar su gran destreza al volante manejando el gran autobús por las estrechas y cerradas curvas de la carretera de montaña. A medida que el vehículo avanza, el camino parece volverse cada vez más angosto y desafiante. Por ello, tras superar estos tramos complicados, quedamos gratamente asombrados cuando finalmente llegamos a una grandiosa esplanada de media montaña.

Este espacio abierto, rodeado de exuberante naturaleza, fue el lugar elegido para la construcción del nuevo Monasterio de San Juan de la Peña que a su vez, en 1975 fue reconstruido por el Gobierno de Aragón y que hoy es hospedería y centro de interpretación del antiguo Monasterio. Este gran edifico de forma cuadrilátera y de color rojo intenso, destaca en el paisaje por el contraste con el telón de fondo verde y boscoso que lo rodea.

En este entorno natural y monástico nos preparamos para iniciar la ruta por estos parajes tan apetecibles, en una mañana fresca oyendo a lo lejos el croar de ranas. Un detallado panel informativo sobre las posibles rutas a realizar en la zona nos sirve de muestra para una pequeña lección senderista tras la que nos incorporamos al sendereo S-4 que nos va a conducir a la ermita de S. Salvador.

En los primeros metros vemos un pozo de nieve excavado en la tierra y una zona cercada con charcas artificiales pertenecientes a una investigación científica que trata de prever el cambio climático en diferentes especies.

Avanzamos en primer lugar por pista emboscada entre pinos y hayas, pero pronto abandonamos el cómodo sendero para seguir el filo del Monte de S. Juan de Peña por el que nos vamos a ir izando poco a poco:

Al alcanzar los 1294 metros en el Anchar de Botartral, se nos revela un paisaje espectacular que nos acompañará durante toda la subida. Al norte se extiende la impresionante cordillera pirenaica, cuyas cumbres aún se mantienen cubiertas de nieve. Detrás de nosotros, bajo la silueta característica y muy conocida en Jaca del Monte Oroel, se encuentra el Monasterio Nuevo de San Juan de la Peña con su ubicación privilegiada en medio de la naturaleza. Hacia el sur, se vislumbran las sierras prepirenaicas de la Hoya de Huesca.

Durante el ascenso, pronto logramos distinguir la silueta inconfundible de los mallos y aunque inicialmente creemos que se trata de los mallos de Agüero, tras consultar las aplicaciones de nuestros móviles, confirmamos que vemos uno de los mallos de Riglos, concretamente el llamado Bentuso.

El terreno presenta algunas zonas complicadas, en las que es necesario sortear obstáculos naturales, pero tras superar estos desafíos, alcanzamos los 1400 metros de altitud, donde nos espera una sorpresa agradable: un rebaño de cabras se encuentra descansando en el camino, sin asustarse y sin moverse ante nuestra presencia, parece que incluso posan para las fotografías.

En la siguiente cima que encontramos, decidimos hacer una pausa para reponer fuerzas; todos sentados en la hierba mirando hacia la zona norte donde no nos cansamos de admirar la estampa de las grandes montañas pirenaicas entre las que sabemos distinguir claramente el Midi D’Oseau, una visión que nos recuerda la majestuosidad de esta montaña volcánica vista de cerca. Grandes sombras de buitres se proyectan en el suelo, mientras nos sobrevuelan una y otra vez, lo que nos hace recordar la gran diversidad de aves importantes que hay por aquí y que se nos han ido explicando en los carteles informativos como carboneros y herrerillos.

La montaña se encuentra tapizada por matorrales almohadillados espinosos que es la Erinacea Anthillis y Jesús fotografía la flor protectora de los Pirineos que es un símbolo que se coloca en las puertas en muchos lugares como el País Vasco, por ejemplo. Al pino, en las solanas, le acompaña el boj y algún acebo. Vemos a la procesionaria saliendo ya de sus capullos y tras dedicar unos minutos a observar unos ejemplares de hayas gigantes, alcanzamos los 1547m, llegando a la pequeña ermita del Salvador.

En el interior del templo montañero que sirve como refugio para las tormentas, se pueden ver varias imágenes del santo y la copia del relieve central de un tríptico con la escena del Santo Entierro cuyo original está en la Iglesia de San Cruz de Serós. Esta imagen inspira a Alicia y a otras personas a entonar la Salve Regina, sumando un momento de recogimiento a la excitación de haber llegado por fin al punto geodésico y al final del ascenso.

Desde la cima bajamos por un sendereo que hace que el retorno sea un paseo agradable entre hayas hasta coger de nuevo la pista que nos acerca nuevamente a la pradera de San Indalecio donde hay visitantes pasando un buen día campestre. Todos nosotros nos unimos a esta actividad acomodándonos en mesas o en la hierba para tomar nuestro bocata/ comida junto a una cervecilla o un café posterior que nos sirven en el acogedor y moderno bar del complejo turístico y cultural que es hoy la Hospedería de S. Juan de La Peña.

Es el momento de iniciar la visita cultural del monasterio donde lo primero que atrae nuestra atención es la portada de su Iglesia Barroca, rica y recargada con motivos florales y hojas de acanto. En sus hornacinas los tres santos que protagonizan la zona: S. Juan Bautista (patrón de la comunidad). San Indalecio (advocación de la pradera) y San Benito (fundador de la orden monástica que se profesaba en S. Juan de la Peña).

El nuevo edificio reconstruido envuelve el viejo Monasterio que fue construido entre 1676 y 1714. Tenemos la oportunidad de hacer un pequeño recorrido sobre suelo de cristal viendo los muros y restos de las diferentes estancias monacales antiguas e informándonos por escrito o con audioguía sobre la forma de vida y costumbres de los monjes.

Nunca sabremos si fue la magia pirenaica o la espiritualidad monástica lo que influyó en los compañeros senderistas que estuvieron haciendo peculiares estiramientos en la Pradera de S. Indalecio.

Bajamos la sinuosa carretera montados en el bus para lo que se corta el tráfico por ella y también descendemos en el tiempo histórico cuando llegamos al primer origen del que fue el Real Monasterio de San Juan de la Peña, el más importante de Aragón en la alta Edad Media.

El edifico se resguarda y mimetiza bajo formaciones rocosas de hace 35 millones de años y alberga secretos desde antes del S XI cuando se cree que existió algún tipo de cenobio unido a leyendas de milagros y a las vidas eremíticas de Juan de Atarés y los hermanos Voto y Félix.

Los Reyes de Navarra y Aragón favorecieron al monasterio y en el 1071 fue cedido a los monjes Cluniacenses que lo acabaron de construir y lo dedicaron a su reforma benedictina. Fue cuando se construyó el claustro (Maestro Agüero). En este lugar se reunían guerreros cristianos para reconquistar tierras en Jaca y fue también un buen refugio para el Santo Grial.

Nuestro elocuente guía nos muestra las estancias y nos cuenta todos los detalles del lugar:

Es un gran monumento a la muerte, sus paredes están llenas de epígrafes, inscripciones necrológicas y sepulcrales con el panteón de los nobles y el de los Reyes que es más reciente, de estilo neoclásico por lo que contrasta con el resto de arquitectura medieval.

Un importante personaje destacado por el guía es el X Conde de Aranda que quiso ser enterrado aquí, pero no era noble por lo que D. Pedro Pablo Abarca de Bolea movió el ánimo de Carlos III para conseguir que se le considerara noble y poder ofrecerle este digno recinto para su descanso.

Sendos incendios en 1494 y 1675 obligaron a la construcción del nuevo monasterio en la pradera superior a finales del S. XVII. En el siglo XIX la guerra de la independencia y la desamortización de Mendizabal acabaron con la vida monacal y tras una época de deterioro total, el Gobierno de Aragón lo reconstruyó y hoy lo podemos ver y disfrutar todo.

Escuchamos atentamente leyendas e historias de Reyes y de reinos, de Papas y nobles y de mujeres valientes y con gran personalidad que influyeron en la historia, hasta formarse el reino de Aragón. Recorremos las estancias monacales deteniéndonos especialmente en el claustro mientras la tormenta retumba sobre las montañas.

Nuestro autobús serpentea de nuevo por la carretera mientras graniza y nos vamos alejando de este Centro Pinatense tan mágico y crucial para la historia aragonesa donde hemos podido disfrutar plenamente de la imponente naturaleza e historia Pirenaica.

Y volveremos…

Agnelo y Emi

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Posted by: soriapasoapaso on