Lagunas de Velacha – 2 de mayo de 2026
Beltane, según el calendario celta, se celebra alrededor del uno de mayo, siendo la fecha intermedia entre el equinoccio de primavera y el solsticio de verano. Era el fin de la época de oscuridad y el comienzo de la estación de la luz. Nos juntamos en el Gaya Nuño pensando acercarnos hacia la tierra en la que se celebra ese ritual con la pingada del mayo, pero la previsión del tiempo no lo permitió, por lo que, tras una reunión en la cumbre, la directiva decidió que pasaríamos el día visitando las lagunas de Velacha. Nos dirigimos al Cubo de la Solana,

a la ermita de la Virgen de la Solana, desde donde parte la ruta. En total éramos trece excursionistas decididos a enfrentarnos a cualquier situación atmosférica.
Tomamos un camino que nos llevó a las tres lagunas y a otra ermita que visitaríamos ese día. Anduvimos por una zona boscosa de robles, encinas y quejigos.

Mientras explican la diferencia entre estos árboles nos fijamos en las hojas minúsculas que brotan del último. Son tan pequeñas, de un rojo y verde tan tenue que llaman nuestra atención. Estoy segura de que cualquiera que haya pisado un monte alguna vez distingue perfectamente estos tres árboles, pero nunca viene mal repasar conocimientos. La carrasca (Quercus ilex) es un árbol perenne que mantiene sus hojas todo el año. El quejigo (Quercus faginea) tiene una hoja marcescente, es decir, mantiene el follaje seco durante el invierno y lo suelta al final de este, justo cuando aparecen los primeros brotes primaverales. Por esa razón el suelo estaba lleno de hojas, como si del otoño se tratara. Por su parte, los robles caducifolios (Quercus robus) pierden toda su hoja en el invierno. Los montes del Cubo y su entorno están poblados además de estepas, brezos, gayubas, y hierbas aromáticas como cantueso, espliego, manzanilla, té y menta poleo. La planta que más se mencionó esta vez fue la de los gamones, que otros llaman vara de San José.
Andando hasta la primera laguna nos encontramos con un surco de grandes dimensiones creado para secar las lagunas luego cerrado.

Algunos tramos se han rellenado artificialmente con tierra para que el acuífero mantenga su nivel durante más tiempo sin desecarse. Fuimos andando por el bosque, ya sin camino visible, o siguiendo el canal.

Buscamos la cabeza de un ciervo que habían visto los exploradores del grupo en una excursión anterior en 2020, pero ya no quedaban más que unos huesos de la columna.

Llegamos a la primera laguna, la Circular. Alberto dice que hay que visitar la zona en San Juan, cuando hay muchos patos y fochas. Esta vez no vimos aves, aunque algunas sí que escuchamos. Un poco más tarde llegamos a la segunda La Gijosa,con un puesto de caza la menos espectacular.

La tercera laguna que alcanzamos fue la Larga.

Tenía tanta agua acumulada que las señales senderistas estaban como un metro dentro de la charca.

Con el día nublado la vista transmitía mucha paz. Rodeamos el lago entre los árboles que la circundaban y vimos de cerca ranas de San Antonio, de un verde muy intenso.
Seguimos, esta vez entre pinos. La ruta tranquila se vio perturbada por las primeras gotas de lluvia.

Parecía que iban a ser pocas, pero continuaron cayendo sin pausa, calándonos algunos, aunque fuéramos pertrechados para luchar contra la climatología. Los paraguas no son el mejor acompañamiento cuando uno se mueve entre zarzas, aunque conseguimos salir airosos.

Alcanzamos la ermita de Velacha. Allí comimos el bocadillo en la misma puerta, bajo el dintel, porque, aunque había dejado de llover, todo estaba mojado.

Al lado de la ermita había un torreón con una ventana geminada, que era una vivienda particular. Nos acercamos a verla por su singularidad. El lugar evocaba recuerdos a algunos de los trece caminantes: dos habían celebrado nupcias allí y otro había pasado parte de su infancia en ese sitio. Ninguno de los tres recordaba la ermita vivamente, solo de forma sutil, demostrando lo caprichosa que es la memoria y todo lo que olvida.
Según la información sacada de la web de la Asociación de Amigos del Museo Numantino este lugar se denomina Despoblado de Valdespina y pertenece al término de Borjabad. El lugar surgió con la repoblación de Alfonso I de Aragón y allí hubo un monasterio sin comunidad por el 1198, siendo uno de los clérigos Pedro Abad, que podría ser uno de los autores a los que se le atribuye el Cantar del Mío Cid. En el siglo XV el lugar perteneció a don Pedro de Mendoza que creó el torreón como punto de vigilancia del vado del Duero.
Mientras comíamos el bocadillo empezaron a llegar coches, y empezó a salir gente con flores. Descubrimos que había una romería, por lo que tuvimos la suerte de que nos abrieran la iglesia. Dejamos allí a los romeros después de que nos contaran que la virgen de esta ermita había impedido que una plaga de langosta cruzara el río y así se salvara su cosecha.

Ese caudal de agua se convirtió en nuestra guía de vuelta a los autos: seguimos el curso del Duero, que bajaba embarrado por la lluvia.

El camino pasaba al lado de una finca con robles, muy bien cuidada, que pertenecía a un médico famoso en Soria. Una de nuestras compañeras nos describió la finca y el molino porque había estado merendado allí hacía mucho tiempo.

De vuelta, otra vez bajo la lluvia eterna, se habló de la Saturiada de este año y de la mujer del autor del libro, de la que nos costó recordar su nombre: Concha de Marco.
Llegamos de nuevo a la ermita y volvimos a Soria, y al lugar de reunión, que lleva el nombre del autor al que acabamos de mencionar. Allí, los sufridos camareros, temblaron al vernos entrar en tropel, como siempre. Y como es costumbre apareció alguien ávido por coger la libreta para apuntar las bebidas. Eso me hizo pensar en que hemos formado una especie de hormiguero en el que aparte de la reina central y sus ayudantes, hay muchas hormigas obreras que ponen su pequeño grano de arena para que todo funcione: unos aportan el coche, otros guían, curan, cierran grupo en la marcha o hacen otras mil pequeñas cosas. Mi agradecimiento a todos, los de las grandes labores y los de las pequeñas obras, porque gracias a ese trabajo la cadena es más fuerte que cada uno de los pequeños eslabones.
Chus