COVALEDA: BELLEZA Y LEYENDA Soria, 28 Marzo 2026

Hoy dejamos nuestra huella por el siempre admirado y admirable pinar de Covaleda. Ese inmenso mar verde, sin flujo de olas batientes sobre su superficie, pero mostrando la belleza y el porte erguido de una masa arbórea serena, callada y majestuosa,  que transmite un indisimulado placer a los sentidos cuando nos hermanamos con el altivo pino albar, dueño y señor de un extenso territorio pródigo en espectacularidad y encanto. Y a este emblemático paisaje, hoy le añadiremos un toque de leyenda por los parajes que vamos a visitar, vinculados a la existencia de un atrabiliario personaje covaledense que habitó por estas tierras a mediados del siglo XIX y, además,  una pizca de magia, cuando estemos delante de una mole de piedra manteniendo un difícil equilibrio sobre una base rocosa.

Como cada sábado, a las 8,00 h estamos ya arrancando hacia nuestro punto de inicio de ruta: Covaleda.

Y a las 8,45 hemos aparcado los coches en el popular  y muy concurrido lugar de “El refugio” (en realidad, su denominación exacta es “refugio de pescadores”, pero en Covaleda todo el mundo lo conoce como “El Refugio”), a la vera del Duero infante y junto a  la puerta de entrada al camping.

Nos hace de guía para esta ruta Emi, otra pinariega de pro, de la vecina localidad de Vinuesa, enamorada de la esbeltez del pino albar, del aire limpio de sus montes y del olor a madera que se respira por estos pagos, a los que nos guiará con el interés y entusiasmo de quien muestra su   tierra a los amigos.

Los primeros pasos que enfilamos son para cruzar un vetusto, pero bien conservado,  puente sobre el pequeño cauce del Duero, construido con materiales de madera sobre el vano y de acero para la estructura de seguridad y sujeción.

Caminamos todavía sobre el césped alfombrado a la orilla del Duero; pronto dejamos esta senda para acceder a una pista forestal, que sirve de comunicación entre una amplia zona de los pinares de la comarca.

Y enseguida tomamos un desvío que nos introduce de lleno en el pinar, en parte coincidente con el GR-86 que atraviesa estas tierras, aunque no será esta la  referencia escogida, ya que nuestra ruta tiene otros destinos cuidadosamente diseñados.

Avanzamos por un camino todavía amable, en lo que se refiere a sus condiciones ambientales: suelo cómodo, llano y sin muchas dificultades de tránsito. Algún riachuelo se nos cruza, así como  humedales de menos importancia, pero nada que suponga un esfuerzo superior para el que nos espera, mientras vamos ganando  altura hacia nuestros objetivos.

Empieza un suave ascenso, y en el camino se divisan  algunos indicadores de direcciones: uno de ellos, con el original nombre de “Pico Escobar”. Por supuesto, nada que ver con el apellido de un siniestro personaje, ajeno a estas tierras.

Y desde este pico, una espléndida vista, desde la cara sur del término municipal de Covaleda, que abarca la masa forestal que rodea esta tierra, por su vertiente norte, este y oeste. Un modelo de pinar sostenible, extenso y compacto, que suscita admiración por su cuidado y conservación. En el horizonte, en dirección oeste, se divisa Covaleda con nitidez. Y un poco más hacia el poniente, Duruelo de la Sierra asoma también su cara más pinariega.

Retrocedemos sobre nuestros pasos y nos dirigimos hacia otro de los lugares señalados como “mirador de los Pericones”.

La vista no es muy distinta a la que hemos tenido desde el anterior punto de observación, pero lo interesante de este rincón es que, bajo su soporte pétreo, se encuentra una cascada que, habitualmente no lleva agua, pero en esta ocasión hace honor a su nombre. Lugar para obtener la fotografía deseada y el recuerdo de un lugar con encanto.

Atrás quedan las amplias vistas de nuestra riqueza forestal y vamos ascendiendo hasta llegar a una cómoda pista de monte. Ahora tomamos dirección oeste  y tras  un breve recorrido por este asequible tránsito, nos desviamos a mano derecha, en el punto donde  una vistosa piedra, al lado de la pista, marca  la dirección a una cueva y el camino para ascender hasta la “Piedra andadera”.

Apenas doscientos metros nos separan de la primera cueva que fue habitada por el “tío Melitón”, personaje al que me he referido al principio de esta crónica.

De nombre completo, Melitón Llorente García, vivió a mediados del siglo XIX. En la misma cueva comento brevemente a mis compañeros/as de ruta quien fue y qué hizo este personaje, de triste memoria, por estas tierras. No repetiré aquí, por no extenderme, lo que hay de realidad sobre su historia personal (que es mucho y bien documentada) y lo que puede haber de leyenda en las tropelías que se le atribuyen. Únicamente  reseñaré que si algo le caracterizó fue su condición de  inadaptado a la vida social, que  le empujó a echarse  al monte en busca de una vida  apartada de las más elementales reglas y leyes de la propiedad ajena, a parte de su escasa sintonía con la vecindad.  Sobre su vida y “hazañas”, un covaledense, Pedro Sanz Lallana, tras consultar documentos y hacer acopio de la tradición oral, ha escrito un libro sobre el personaje que nos ocupa,  con el sugerente título “Muerte a mano airada”, inspirado en la inscripción que figura en una cruz de piedra en las proximidades del paraje conocido como “Cuevamujeres”, como recordatorio de la muerte en ese lugar de un convecino de Covaleda, a quien el tío Meliton le segó la vida. La cueva, conocida como “El Cubito”,  no tiene grandes dimensiones ni otras singularidades, a no ser por tratarse de  un  lugar estratégico para ocultarse y, sobre todo, por el servicio que le prestaba para conservar y mantener la carne de las reses que hurtaba. En otras palabras: su particular y “ecológica” despensa.

Dejamos al tío Meliton en su segunda cueva y nos dirigimos, rectos y en ascenso constante, hacia otro de los objetivos de esta ruta.

La mañana es agradable. El sol y una temperatura amable   acompañan nuestro recorrido.  Los fuertes vientos que soportamos en la ciudad, se convierten en un remanso de paz que el pinar otorga a sus visitantes.

Y enseguida divisamos una curiosa “piedra grande, de más de 10.000 arrobas de peso, que se apoya sobre la cuerda sosteniendo un equilibrio inestable y que tiene la particularidad de que cuando se ejerce una presión por cualquiera de sus lados se mueve, por lo que a esta piedra se le ha dado el nombre de “piedra andadera”. Así la describe D. Angel Terrel, (una calle de Soria lleva su nombre),  en su obra “De Covaleda y para Covaleda”, insigne soriano que  vivió y disfrutó de Covaleda hasta su fallecimiento, mientras ejerció aquí su profesión de farmacéutico.

Y añade un curioso comentario, expresión de un sincero deseo para el fomento turístico de la zona: “cuando cuente Covaleda vías de comunicación, es seguro que será visitadísima en verano, y muchas familias ricas vendrán aquí a pasarlo, prefiriéndolo acaso a las grandes ciudades veraniegas”. Esto lo escribe en 1912.  Y puesto que estamos ante una piedra que “anda”, no son pocos los compañeros/as que  han podido comprobar  este aparente e  insólito hecho de su movilidad.

¿Qué nos faltaba? La reposición de energías. ¿Algún lugar más apropiado que a los mismísimos pies de la piedra andadera? Pues seguramente no. Y aquí, además de probar nuestras fuerzas empujando a este singular specimen rocoso, descargamos las mochilas y  desenvolvemos el papel de nuestros bocadillos. Lugar idóneo, temperatura excelente y un sol radiante  acompañan nuestro rato de asueto. Y como en todo momento de descanso para el bocata, no falta la conversación distendida, las impresiones espontáneas, la bota de vino que corre entre los grupitos y…en este caso, a nuestra espalda se ofrece una maravillosa vista del Pantano de La Muedra. Estamos casi a 1.500 m. de altura y muy cerca de los lindes con la vecina población de Salduero. Y nuestro pantano está ahí. Casi a tiro de piedra, lo que confiere al enclave otra singularidad paisajística que reafirma nuestra identidad provincial.

Satisfechas nuestras demandas gastronómicas y nuestros desafíos a la piedra andadera, emprendemos ruta descendente hacia otro enclave marcado. Pero antes, nos detenemos a contemplar un  singular espacio pétreo, conocido como “el Frontón”. Y es que el cortado vertical que forman las hileras rocosas, presentan en su cara más meridional una amplia superficie lisa que semeja lo que su nombre indica.

Y un poco más adelante, tropezamos con una señal que nos dirige al “corral del tío Periquillo”. En realidad, un chozo de los que se diseminan por el pinar, construidos por pastores para el sostenimiento de su trabajo en la cría y cuidado del ganado. Del mismo nombre existe otro, que hemos visitado en anteriores  ocasiones, en las estribaciones del Urbión .

Atravesamos el “portillo de la Remendá” y enseguida nos aproximamos a la cueva por excelencia del tío Melinton.

Esta era su cueva principal: orientada al sur, oculta entre el abundante y espeso pinar,  de no fácil acceso, era el lugar preferente de su  refugio pinariego, donde compartía vida y avatares con su mujer, conocida como “La cabrejana”, por ser oriunda del vecino municipio de Cabrejas del Pinar.

Por supuesto, de mayores dimensiones y mejor “acondicionada” para una vida de silvestre anacoreta que la anteriormente visitada. Miguel Moreno, conocido periodista y escritor soriano ya fallecido, llamó a esta cueva “la  madriguera y cazadero de Melitón” o “el soterraño-catacumba del cazador-monstruo”. Lugar obligado de visita para el forastero que se acerca por Covaleda y que los nativos acompañamos con gusto si nos lo piden.

Dejamos al tio Melitón y a la Cabrejana que repose su memoria  en la cueva que habitaron (¿con pasión?) y encaminamos nuestros pasos por una ruta descendente hasta llegar al refugio de “La Cabeza”.

Un edificio reciente, de sólida construcción y pensado para aquellos que quieran disfrutar de la pureza ambiental que transmite el lugar,  mientras se utiliza como refugio de descanso o de encuentro entre amigos para disfrutar una parrillada al calor de una bien cuidada y limpia chimenea.

Desde aquí, enfilamos un pronunciado descenso, envueltos en el aroma que transmite el pinar profundo, en dirección a la pista donde iniciamos el recorrido, si bien escorados más hacia el este. Es un camino áspero, con un trazado claro, pero con pronunciados y estrechos escalones en la bajada, que nos obligan a duplicar las precauciones para asegurar la pisada.

Pero antes de terminar el descenso, encontramos un indicador que nos marca la dirección hacia el “Picacho del tío Ambrosio”, otra espectacular ventana para divisar con más nitidez y proximidad el municipio covaledense.

Y la imagen más próxima que observamos son las piscinas públicas, de reciente creación,  tanto tiempo añoradas por  la vecindad, a la vez que  hacen realidad un deseo de cualquier pueblo pinariego con aspiraciones de promoción turística. Y aquí cumplimos otro ritual de toda ruta: la foto de familia. José Antonio se encarga de ella y en su móvil queda grabada la estampa de los que rendimos honores a paisajes emblemáticos de Covaleda.

El descenso va poniendo fin a este trayecto y ya nos encontramos en la pista de referencia. Hemos salido junto a otro frecuentado paisaje de esta zona: “la arenilla”. Y ahí tenemos al Duero, que, en un corto tramo,  ha sido habilitado para baño de pequeños, mientras a su orilla se ha instalado una zona de recreo y varias barbacoas para la imprescindible satisfacción alimentaria que acompaña siempre la salida al pinar.

Desde aquí continuamos el último tramo hasta el punto inicial de la ruta. Un camino llano y cómodo, el que conduce desde “la Arenilla” hasta el refugio, de poco más de 1 Km., y siempre llevando como compañero de viaje, a nuestra derecha, el cauce silencioso y vigilante del Duero.

Llegamos hasta el lugar de aparcamiento y tenemos la suerte de que el bar de este envidiable lugar pinariego está abierto y con escasa clientela.  Qué mejor sitio para repetir  aquí el ritual de toda ruta: el disfrute de una cerveza o un vino que festeja el final de otra etapa cargada de imágenes visuales, sensaciones y algunos conocimientos del medio que visitamos.

Para concluir esta crónica, y como nativo de esta tierra, me vais a permitir la licencia de reproducir unos versos de un laureado poeta de principios  del siglo pasado, José García Nieto, que, sin ser de Covaleda (nació en Asturias), se enamoró de este territorio algún verano que cayó por aquí y lo plasmó en su obra literaria. Los versos están tomados de su poema “Elegía en Covaleda”  :

Está fresco el pinar de Covaleda

en la mañana grave;

Urbion cuida celoso su nieve;

unos caballos pacen;

un niño canta, un niño

canta, un niño que pasa canta…¿Nace

la vida? ¿Empieza todo?

……..

Y Covaleda en medio, dura y tersa,

nevada y silenciosa como un claro

de luna, o entreoída como el grito

de un boyero lejano…..

 

Agnelo Yubero

 

One Comment so far:

  1. Belleza de los pinares e interesantes leyendas y antiguas formas de vida,secretos que guarda el pinar que tu describes tan bien y con tanto cariño. Gracias compañero

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Posted by: soriapasoapaso on