HISTORICAS ATALAYAS, OJOS DEL PASADO Soria, 7 Marzo 2026

Ha sido una constante en nuestra actividad senderista no solo recorrer distancias por caminos  más o menos accesibles o incómodos, y comprobar que nuestras piernas todavía resisten el paso de los años y estimulan nuestro vigor físico, sino también  conocer y enriquecernos  con los aspectos de interés que el entorno  ofrece y nos deja la impresión visual de haber aprendido algo nuevo en cada recorrido.

No creo derrapar mucho si digo que la ruta de hoy nos ha llevado a un triple enriquecimiento de saberes: historia, arte y tradición.

Son las 8,00 de la mañana. Puntuales a nuestra cita habitual, nos encontramos ya en el lugar de costumbre para tomar los coches que nos acercarán hasta el pueblo de Caltojar, punto de arranque de nuestro periplo caminante de hoy.

No son todavía a las 9,00 h cuando completamos los poco más de 60 Km que separan Soria de la citada población. Y cerca de  la Iglesia del pueblo aparcamos los vehículos. Casi sin tiempo a recoger nuestros pertrechos senderistas y estirar los bastones, vemos que por un lateral de la calle aparece Lali, acompañada de su padre, con dos grandes cafeteras, hasta una casa próxima al lugar, propiedad de su familia, para ofrecernos este inesperado y magnífico estimulante preliminar a la ruta que vamos a iniciar. Lali es oriunda de este municipio y se ha adelantado a nuestro viaje para preparar el café y unas pastas con que obsequiarnos a nuestra llegada. Primer motivo de agradecimiento por este improvisado y espontáneo  ofrecimiento a sus compañeros de grupo. En realidad, ha sido ella quien  ha diseñado y programado la caminata de hoy. Quiere enseñarnos su pueblo, sus campos, sus alrededores, sus recuerdos de infancia y juventud….

Este inesperado “chute” de cafeína, nos permite que arranquemos el camino con más energía de la habitual.

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La mañana presenta un cielo plomizo y cubierto de nubes negras que auguran un tiempo poco luminoso y  con perspectivas de lluvia. Pero ya estamos avisados. Los pronósticos se cumplen y las capas de plástico protectoras y algunos paraguas mitigan el efecto de las lloviznas intermitentes que vamos a soportar durante toda la mañana.

El primer objetivo de esta salida es la visita a algunas de las atalayas califales que salpican estas tierras, emplazadas en sus colinas y ribazos más elevados.

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Tomamos  una cómoda pista para uso de vehículos agrícolas, mientras afrontamos una prolongada y suave pendiente hacia el lado norte de la población que dejamos a nuestra espalda. A derecha e izquierda las extensas tierras de cultivo de esta zona: algunas presentan ya el brote verde del cereal que empieza a asomar  (principalmente cebada),  mientras otras  parcelas ofrecen el color  pardo-rojizo de la tierra arada y preparada para el florecimiento del girasol, todavía no sembrado. La sierra que vamos divisando muestra un aspecto de vegetación rastrera y herbácea, con escasez de ejemplares arbóreos, aunque alguna  carrasca aislada vamos divisando en puntos elevados, fruto, según me comenta Lali que ha oído de los viejos del lugar, de la carencia de ganado , sobre todo ovino, que ha permitido el crecimiento de esta especie arbórea, casi testimonial.

El camino, fácilmente transitable, se hace cómodo y la conversación entre los distintos grupitos es, igualmente, amena y animada, no así la meteorología, como ha quedado indicado, nada complaciente con nuestro deseo de un tiempo menos lluvioso y más soleado.

Y poco a poco nos vamos acercando hacia la altitud que conduce hasta la primera de las atalayas que visitaremos. Pero antes de entrar en  detalle de cada una de estas fortificaciones, quisiera hacer un breve apunte sobre el origen y función de estas reliquias históricas.

El sistema de atalayas califales emplazadas en la región comprendida entre el río Duero y la ciudad de Medinaceli estaba diseñado para funcionar eficazmente en el control y defensa de la frontera del reino del al-Andalus en esta zona crítica. Estamos hablando del siglo X, período en el que las luchas entre los reinos musulmán y cristiano por la ruptura de la frontera y la conquista de las plazas importantes de esta zona del Duero fueron más intensas. De ahí que el posicionamiento de estas atalayas responde a una planificación y un proyecto cuidadosamente estudiados, que debía posibilitar, simultáneamente, el control visual de los caminos  y la comunicación entre ellos, con el objetivo de transmitir fielmente la señal “telegráfica” hacia el castillo de Medinaceli (“Madinat Selim” para los musulmanes), el cuartel general militar del reino de al_Andalus, su principal emplazamiento permanente de tropas desde el siglo anterior, dada la aproximación peligrosa de los reyes cristianos hasta esta zona del alto Duero, en nuestra provincia de Soria. Por eso, yo me he tomado la licencia de calificar a estas inteligentes defensas del territorio como “ojos del pasado”.

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Y tras esta “distracción” histórica sobre el origen y objetivo de las atalayas, continuamos nuestro camino hacia una de ellas que nos resulta  más cercana: la atalaya conocida como “El Tiñon”, en el término municipal de Rello. Se trata de una de las atalayas más originales -según reza el panel informativo emplazado en sus proximidades,- caracterizada por su forma de chimenea, de planta circular y un alzado ligeramente troncocónico.  Se asienta sobre un basamento de piedras que sobresale 30 cm. del  resto de la construcción. La planta  baja tiene una altura de 4 m., hasta el primer piso, donde se sitúa la puerta, a la que se accede actualmente por una escalera de hierro. Una vez en el interior se puede ascender hasta la parte superior  mediante una escalera de madera de  dos tramos, que permite asomarse al visitante por encima de la apertura de la misma. Desde su emplazamiento son visibles la torre Melero (que describiremos a continuación) en La Riba de Escalote , el  núcleo amurallado de Rello y la Ojaraca de Caltojar, al Norte, que no visitamos por falta de tiempo,  lo que  convierte a esta de Rello en uno de los puntos estratégicos para el control de todo el valle del alto Escalote.

Seguimos nuestro recorrido por similar camino que hemos traído,   aunque sorteando de vez en cuando el barro acumulado  por efecto de las lluvias de días pasados.

Y llega la hora de reposición de fuerzas. Mientras avanzamos por la pista pecuaria, encontramos las ruinas de lo que fue una majada.  Por los alrededores hay  piedras diseminadas que sirven de soporte a  nuestras mochilas, mientras buscamos improvisados “asientos” que faciliten el acomodo para la ingesta del bocadillo. El suelo está húmedo, por lo que procuramos invertir menos tiempo de lo habitual en dar cuenta del sustento energético.

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Y “burla, burlando” (como diría Lope de Vega) hemos llegado hasta otra de las atalayas, objeto de nuestra visita, conocida como Torre Melero, en el término municipal de La Riba de Escalote. Como la anterior, data su construcción del siglo X, cuando el califato reforzó las líneas de defensa musulmanas en la frontera, frente al  avance castellano. Esta atalaya vigila el curso del río Escalote (una más) y junto con las de Torre Tiñon y Ojaraca, son punta de lanza en el control de esta zona.  Alcanza una altura de 10 m., distribuidos en tres plantas y está coronada por almenas.

Un elemento característico de esta es su puerta de entrada, claramente islámico. Es una puerta doble, con arco de herradura al exterior y al interior un arco rebajado inferior. Cuenta con un doble cuerpo cilíndrico. El cuerpo  cilíndrico exterior está dotado de  un pozo de planta cuadrada, de tres metros de profundidad,  que sería  un dispositivo para dificultar el acceso a cualquier atacante.

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Para algunos historiadores, este sería un aljibe o recolector de agua, según el texto recogido en el  panel informativo,  para otros, esta interpretación no tiene sentido. Somos senderistas. No entramos ni salimos en interpretaciones históricas.

Y cumplido terminada la visita a la atalaya, ponemos rumbo al punto de origen.

Pero antes, nos sorprenden otros paisajes y lugares por los que transitamos. Uno de ellos es el corto cañón que se extiende casi paralelo a la carretera comarcal que une Caltojar con sus poblaciones vecinas. Como todo cañón es lugar de estancia de buitres y otras rapaces, a juzgar por los residuos orgánicos que impregnan las paredes verticales de este pequeño cañón.

Pero Lali nos lleva a otro espacio más singular y menos común por estas sierras: se trata de una cantera de donde se extraían,  o allí mismo se labraban, las piedras de molino que luego se instalaban en los que había por la comarca.

Todavía son visibles las formas redondeadas que cuidadosamente los canteros han dejado como testimonio de  su trabajo de extracción de estas moles para usos  necesarios en la transformación del grano.

Desde aquí seguimos en descenso, por el todavía camino agradable de la serranía, hasta alcanzar la carretera comarcal. Algunos compañeros/as previsores vienen provistos del chaleco amarillo reflectante, lo que facilita nuestra visibilidad para el tráfico rodado.

Y mientras caminamos por el duro suelo de asfalto de la calzada,

Lali nos muestra, a nuestra izquierda, lo que queda de un molino que ha estado operativo hasta los años 80, regentado por tres hermanos, donde tenían allí también la vivienda. Un poco más adelante, encontraremos otro molino, pero en estado  más ruinoso que el anterior. Y a nuestra vera, cual fiel compañero de viaje, el acorde fluvial del Escalote, que baja impetuoso y crecido  por las lluvias recibidas los días pasados.

A nuestra derecha, a escasos 3 Km. ya de Caltojar, Lali nos indica que la amplia y verde parcela que contemplamos se conocía como la “huerta de Valparaiso”, debido a la abundancia de árboles frutales que  allí florecían. Recuerdos del pasado, porque hoy no vemos ningún ejemplar.

Y mientras caminamos, comentamos o, sencillamente, pensamos en lo que vamos viendo, divisamos ya las primeras viviendas de Caltojar.

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Nuestra anfitriona de hoy ha acordado una visita a la Iglesia del pueblo con el párroco que será nuestro guía . Y la verdad es que D. Guillermo (así se llama el sacerdote) ha hecho gala de una paciencia franciscana, si tenemos en cuenta la hora anunciada que íbamos a llegar y el retraso considerable con el que nos presentamos en la Iglesia. Y con la misma paciencia que nos ha esperado,  ha puesto la misma ilusión y entusiasmo en enseñarnos y explicarnos los pormenores de este bello tempo caltojareño: la Iglesia de San Miguel Arcángel. No me detendré mucho en exponer su valor artístico. Ya lo hizo el citado cura. Si acaso, resaltar algún aspecto del mismo que me llamó la atención. En primer lugar,  la iglesia, erigida  a principios del siglo XIII, de corte románico, sorprende por la estructura  de su fachada sur: cuatro arquivoltas de medio punto articulan el vano abocinado, ornamentadas con boceles y medias cañas, excepto la exterior que presenta una llamativa decoración con desarrollo en zigzag. El elemento más singular de esta portada, no obstante, es su tímpano, compuesto por un arco de medio punto duplicado, cuyos arcos  rematan en un capitel colgante, sin parteluz, es decir, sin un soporte vertical, pilar o columna,  que lo sustente.

Y otro dato curioso que me llamó la atención son las figuras talladas en relieve que ornamentan la puerta del sagrario en el centro del retablo. Explica nuestra guía que alguna de ellas ha habido que desviar ligeramente su emplazamiento con suma precisión, por cuanto impedía el cierre seguro del mismo. Y todavía resulta más original el comentario que nos hace de que algunos sagrarios tienen esa decoración por dentro, lo que impide la valoración del visitante y solo es accesible al oficiante de los servicios religiosos.

Terminamos la visita, agradeciendo al párroco que nos haya dado a conocer este espléndido ejemplar arquitectónico de arte religioso. Algunos compañeros optan por regresar ya a Soria, mientras otro grupo hemos decidido quedarnos a comer de mochila, para conocer otros encantos del pueblo y de su vecino Bordecorex.

Primero visitamos uno de los dos bares del pueblo para refrescar las gargantas con la deseada cerveza o el estimulante vino, a modo de auto recompensa por haber finalizado nuestra ruta sin incidentes. Nos atiende un amable y orondo camarero (suponemos el dueño del establecimiento), mientras degustamos en las mesas del bar la bebida elegida para estimular nuestro apetito. Y desde aquí, nos dirigimos al otro bar del municipio, donde hacemos la comida de mochila. Lo regenta un personaje peculiar, de profesión ingeniero, residente en Madrid, y de afición hostelero los fines de semana (ya que solo abre durante estos días) en su pueblo, Caltojar.  Nos facilita todo tipo de medios para que estemos cómodos (sillas, mesas, asistencia en la barra, etc. Ya se ha encargado antes Lali de preparar el terreno), mientras vamos, de nuevo, vaciando las mochilas del resto gastronómico restante  para la ocasión. Estamos a gusto y ahora el tiempo que pasamos aquí no tiene límite establecido. Cada cual ha pedido la bebida para acompañar su bocata  y no pocos hemos finalizado la comida con un estimulante café, habitual en nuestra práctica doméstica. Algunos nos llevamos de recuerdo un tentador tarro de miel de romero, obra, según nos dice el ingeniero-hostelero, de sus hermanos.

Salimos a la calle y la primera imagen visual que tenemos es alguna pintura de la obra picassiana que aquí se desarrolló. No es la primera vez que lo vemos, pero ahora es el momento de conocer con detalle esa original idea.   Sabido es que allá, por los años 80, Caltojar se dio a conocer por una iniciativa peculiar, obra de un secretario que en aquel tiempo atendía el Ayuntamiento del municipio, donde emplazó a la población y en concreto, a la generación de niños y jóvenes que por entonces habitaban el pueblo, reproducir las pinturas de Picasso, sobre las paredes y muros que jalonaban  la carretera que atravesaba el pueblo. Él fue quien reproducía el ”esqueleto” o estructura básica de las pinturas, mientras los niños y jóvenes de la localidad, completaban el contenido de la obra picassiana. La impronta mediática no se hizo esperar: prensa, radio o TV acudieron a conocer y dar a conocer esta singular iniciativa, acariciada en un remoto y casi desconocido pueblo de la provincia de Soria. Algunas de aquellas obras ha habido que restaurarlas por su deterioro con el paso del tiempo. Otras, sin embargo, como el emblemático “Guernica” picassiano, luce con toda su elegancia y esplendor sobre la pared lateral del coqueto frontón caltojareño. Y no es la única que permanece visible.

Más  cosas de su pueblo nos ha mostrado Lali, que no voy a extenderme para no alargar en exceso esta crónica. Pero sí quiero reproducir, a modo de homenaje a su padre, una elegante y bien torneada mesa de piedra, similar  a una  rueda de molino, que él mismo labró para colocar en el jardín adyacente a su casa. Pura artesanía de un cantero.

Y completada la visita por las calles y alrededores de Caltojar, nos trasladamos a la vecina localidad de Bordecorex. Contra todo pronóstico, tenemos el bar de la localidad abierto, junto a la escuela que vamos a visitar.  Lo distintivo de esta escuela es que se trata de la reproducción del modelo de escuela de los años 40, 50  y bien entrados los 60.

Este es el motivo que nos ha traído hasta aquí, no sin antes visitar su lavadero y la piedra labrada que adorna este espacio público, punto de encuentro no solo para el ejercicio  del lavado de ropa, sino de interacción social entre vecinos/as ( tal vez más de las últimas).

Y la visita a la escuela antigua no deja de sorprendernos por su buen estado de conservación original, y la fiel reproducción del modelo educativo, en su formato físico, que varias generaciones hemos conocido.

Un día intenso, pero rico en conocimientos, experiencias y sensaciones.

Son algo más de las 6 de la tarde. Dejamos a Lali que vuelva a Caltojar, mientras el resto del grupo emprendemos dirección a Soria. Han sido casi 17 Km recorridos por campos, colinas, poblaciones, carretera… Solo buscamos el merecido descanso a esta singular jornada senderista.

Agradecer, por último, a Lali su inestimable labor como guía y eficaz entusiasta en mostrarnos los encantos de su pueblo.

Agnelo Yubero

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