COMARCA DE CAMEROS: SUGERENTES Y ADMIRADAS IMÁGENES Soria, 30 Mayo 2026

Hemos vuelto a la tierra de Cameros. Haciendo fuelle en la memoria, creo que es la cuarta vez que pisamos estas tierras, limítrofes con nuestro terruño y siempre por descubrir nuevos encantos en los vecinos parajes riojanos. Detrás de todo esto está el entusiasmo de nuestro compañero Jesús Mª, oriundo de estos pagos, secundado por la amabilidad y entrega de su amigo camerano, Alfonso, que será nuestro guía, una vez más, en este periplo sabático.
Hemos adelantado la hora de salida, por una más que justificada razón para nuestro bienestar: el calor amenaza con hacer mella en nuestras probadas condiciones físicas de andarines, pero no por ello vamos a tentar a la suerte, así que, con buen criterio, la junta directiva decidió que partiéramos de Soria, rumbo a Los Cameros, a las 7,00 h, una hora de antelación a nuestra salida habitual.
Y puntuales, como en cada partida de ruta, nos encontramos los algo más de veinte compañeros/as, ya repartidos en los coches que van a enfilar por la N-111 hacia nuestro punto de origen: Soto de Cameros.
Atrás dejamos el túnel de Piqueras para tomar enseguida la dirección hacia San Andrés, municipio riojano perteneciente a Lumbreras de Cameros.
Circulamos por un tramo de carretera defectuosa, la LR-250, donde, además del mal estado de la calzada, tenemos como “compañía” improvisada la presencia de rebaños de vacas o caballos que pastan a sus anchas por las inmediaciones del asfalto.
Y vamos atravesando los pueblos que se esparcen a lo largo de esta comarca: Laguna de Cameros, Cabezón de Cameros, Jalón de Cameros y, por fin, Soto de Cameros, donde nos espera Alfonso. Saludos de bienvenida, una breve explicación de las características de la comarca donde nos encontramos, comprobación de las provisiones que llevamos y nos ponemos en ruta, por un estrecho y ascendente camino que arranca desde el mismo aparcamiento de los coches.
Son algo más de las 8,30 y celebramos que, lo temprano de la hora y que la subida la vamos haciendo por la sombra, nos parece el ascenso más amable que en otras ocasiones.

Nos informa el guía que, tiempo atrás, Soto de Cameros fue uno de los municipios más poblados de La Rioja. Buena prueba de ello son los numerosos bancales en terraza que vamos divisando a lo largo de las escarpadas laderas que entrelazan el sistema de media montaña de esta zona. Sin duda, una obra de necesidad para el cultivo de productos agrícolas que permitían alimentar a la numerosa población, ya que por esta tierra apenas existen parcelas para la producción de cereales. ¿Cómo llevaban el agua necesaria para el regadío de estos cultivos? Pues la duda nos la plantea el mismo guía, que no tiene una explicación clara y firme para conocer el ingenio de sus moradores, quienes aprovechaban el carácter agreste del terreno para hacerlo productivo.
Seguimos subiendo. Todavía la temperatura es agradable y el sol nos espera un poco más arriba, pero mientras tanto disfrutamos de una mañana senderista que hemos empezado en subida y no vamos a dejarla en estos primeros 4 o 5 Km.
La confortable sombra que acompaña nuestro recorrido, pronto da paso al anunciado día soleado. Por el camino nos acaricia la más que extendida flor de esta tierra: la madreselva.

A nuestra izquierda contemplamos un barranco seco, conocido como el barranco de Trevijano. Y enseguida descubrimos el origen de este término, que no es otro sino el nombre del municipio que pronto tendremos ante nuestra mirada. Antiguo pueblo de ganaderos trashumantes, Trevijano sufrió un retroceso demográfico que casi lo hizo desaparecer en la década de los 70.

Se trata de un conjunto poblacional, de excelente factura en cuanto a construcción, conservación y lugar privilegiado para obtener unas vistas excelentes sobre el valle del Leza. Es curiosa la reciente historia de la remodelación de este núcleo riojano: según me comenta Alfonso, el pueblo, situado en lo alto del barranco que lleva su nombre, atrajo primero la atención de la conocida cultura de moda que implantó la generación hippie. Fueron ellos los primeros que se interesaron en reconstruir un núcleo semi abandonado, movidos por el privilegiado lugar que ocupa, su aislamiento y su entorno natural, exento de cualquier elemento contaminante de las urbes más pobladas. Y su iniciativa parece que caló entre los antiguos habitantes, que se pusieron manos a la obra para hacer de su estado semirruinoso un lugar de convivencia agradable, con excelentes y sólidas construcciones, que permiten una confortable vida en contacto con la naturaleza y alejada del mundanal ruido poblacional. Destaca, por su originalidad, una vivienda conocida como “la casa del Barco”, por su asombroso parecido que tiene la parte delantera de la misma con la proa de un barco.

El resto de edificios no desmerecen con el estilo constructivo del conjunto: casi todos en piedra de mampostería, con sólidas cubiertas que prolongan generosos aleros para su mejor protección. En definitiva: el municipio destaca por su laboriosa restauración y servicios propios de un pueblo acogedor: magnífica plaza para el descanso y la conversación tertuliana, excelente frontón para la práctica deportiva, una, no menos, imponente iglesia parroquial dedicada a San Cristóbal, que no tuvimos ocasión de visitar y, sobre todo, la amabilidad de la gente con el visitante que se acerca hasta sus entrañas.
Esta era la primera parte del recorrido. Y la opción que se ofrece al grupo es doble: permanecer aquí y disfrutar del pueblo o seguir camino ascendente hasta el próximo objetivo, conocido como “El tótem”.

Cada cual tomó su decisión. Quienes elegimos continuar camino, nos adentramos por otra senda ascendente, no menos exigente a la que ya habíamos superado, pero, eso sí, con el sol sobre nuestras cabezas, y la temperatura menos benigna de la hasta entonces disfrutada.

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No importa. Seguimos el rastro de nuestro guía hasta alcanzar el monumento funerario prehistórico, conocido como “el Totem”. Es un recito acordonado por un pequeño muro, donde se encuentra un vestigio de enterramiento de le época citada, que suscita el interés del visitante y…de la población aledaña que, cada dos años, sube a celebrar el recuerdo de sus ancestros allí enterrados, bocadillo mediante y posterior bajada de noche con sus linternas y frontales correspondientes. Eso es lo que me informa Alfonso.
No nos resistimos a contemplar, un poco más adelante y desde la misma cima donde nos encontramos, una amplia vista del valle del Iregua, otro de los ríos riojanos que entregan sus aguas a la cuenca del Ebro.
Ya toca bajar. Y por el mismo camino de subida, hemos observado un más que preventivo cartel informando de la presencia de perros mastines por la zona, así como una profusa y detallada explicación sobre las precauciones a adoptar ante la presencia de estos animales. Sabido es que el mastín es una raza canina muy territorial, que se emplea para guardar y proteger rebaños de ovejas. Afortunadamente, para nosotros, no se divisa en la cercanía ningún rebaño ovino, por lo que, nos tranquiliza Alfonso, no hay temor a poner en práctica las muchas actitudes precautorias de las que informa el panel, frente a estos celosos guardianes de sus rebaños.
Nos aproximamos ya a Trevijano. Y quienes hemos prolongado el paseo hasta el Totem, empezamos a sentir ya la necesidad de quitar el envoltorio al bocadillo que mitigue el esfuerzo acumulado a lo largo de esta veraniega jornada riojana. Y qué mejor lugar para hacerlo que en la misma plaza del pueblo o sus aledaños, perfectamente dotados para disfrutar, con tranquilidad, de un ansiado refuerzo gastronómico, como corresponde a todo senderista. Nuestros compañeros que han optado por permanecer y disfrutar del municipio, ya lo han hecho. Así que, aunque sea en dos tiempos, ahora nos toca reponer energías a quienes hemos prolongado el paseo por la cercana montaña camerana. Y para mayor satisfacción del colectivo, el bar de la localidad está abierto. Lo que nos facilita completar el deseado bocata con un humeante café.


Desde el centro de la plaza la voz de Jesús Mª nos informa que a las 11,50 nos ponemos de nuevo en ruta para completar el itinerario previsto.
Y una vez reagrupados, nos ponemos en marcha. Ahora el camino es amable y en descenso. Enseguida nos adentramos por un frondoso bosque de robles, quejigos y hasta algún ejemplar de boj, conocido como la dehesa de Trevijano. Caminamos a la sombra, bajo la protección de las especies arbóreas citadas y con indisimulada satisfacción por hacer la ruta a través de estos rincones de excelencia natural.


Pronto dejamos la frondosidad del monte y salimos a la carretera, lugar más prosaico desde donde debemos completar el recorrido marcado. Chalecos amarillos quienes han sido más previsores y fila india por la margen de la calzada, hasta llegar a un punto de obligada parada, para contemplar más de cerca el cañón del rio Leza.

Y es que hasta ahora no habíamos tenido ocasión de contemplar este río, y no tanto por la distancia a la que nos encontrábamos, cuanto por la original naturaleza del mismo: su curso no siempre es visible, porque, en numerosos tramos de su recorrido, se filtra y desaparece el caudal, para volver a aparecer en otros de indudable belleza, pero difícil acceso, como las conocidas “fuentes del Restauro”, me comenta Alfonso, que no son otra cosa sino la surgencia de nuevo del Leza, a través del acantilado pétreo que estrecha su cauce y al que se accede mediante el tránsito a través de la pared rocosa que angosta el caudal hídrico, con el apoyo necesario de las cuerdas ancladas en la roca para seguir el curso fluvial, o, como alternativa, vadear el río por este estrecho margen, con la inesperada consecuencia de encontrarte con una temperatura gélida del agua, que invita a salir de ese ·frigorífico” natural lo antes posible .
Y dado que ni una opción ni otra están a nuestro alcance en esta ocasión, contemplamos desde el mirador al pie de la carretera el lugar donde se produce esta confluencia de agua y roca, o, por mejor decir, donde el río Leza se deja ver, pero no a cualquier precio.
Desde el mirador tomamos un sendero llano, por la parte inferior de la calzada, perfectamente señalizado, que nos acerca a Soto de Cameros, mientras seguimos admirando el cañón que custodia el lecho del Leza, cual fiel guardián del niño que se esconde bajo las sábanas de la tierra, para mostrar su encanto cuando sale de su “escondite”.


Un par de kilómetros nos separan de Soto. Y la llegada a este municipio no podía tener otro primer destino que la visita al bar de la localidad y disfrutar de una merecida y deseada cerveza que calme nuestra sequedad de gargantas. Y acomodados en la terraza del establecimiento, hacemos repaso de cómo ha ido la jornada y otros comentarios que animan la espontánea tertulia, mientras la cerveza va calmando nuestra sed y la sensación de mejorar nuestro desgaste andarín.


Y tras la cerveza, se va aproximando la hora de la comida, que haremos en San Román de Cameros. Tomamos los coches y nos dirigimos al pueblo limítrofe del que proceden Jesús Mª y Alfonso.
El menú ya lo teníamos elegido, así que nos acomodamos en el salón del restaurante, mientras esperamos que los platos vayan poniendo color, olor y entusiasmo gastronómico en lo que se ofrece a nuestro paladar.

Nuestro guía y anfitrión, Alfonso, nos ofrece como “chupito” digestivo un excelente licor de maguillas, elaborado por él, con los frutos de su propio maguillo. Y, como si se tratara de una evocación de “En busca del tiempo perdido”, me viene al recuerdo y al paladar las sensaciones y sabores del licor de maquillas que, muchos años atrás, yo también tuve ocasión de elaborar.
Hemos disfrutado de una jornada completa: sol, naturaleza, montaña, río, viandas…Todavía hay quienes deciden permanecer un rato más en San Roman y escudriñar sus espacios urbanos. Otros, optamos por poner rumbo a la capital, mientras recordamos durante el viaje de regreso impresiones, lugares, sabores, anécdotas…. de una ruta para archivar en nuestra memoria.
Agnelo

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