Por el mar de piedra en Castilla, 13 de Junio de 2026
Por avatares del destino, solo once personas se apuntaron a la excursión en un mes en el que las salidas son espectaculares, como lo son los paisajes de Pinares en esta época. Llegamos al aparcamiento de Paules Altas y tenemos que dirimir quién guía ese día. Félix, aunque a regañadientes, asume el cargo porque ha estado antes allí. Comenta lo fácil que es perderse por la zona: lo normal, teniendo en cuenta que nos encontramos con señales que dirigen al caminante hacia la dirección incorrecta. El track, con pocos kilómetros, está diseñado para disfrutar y para que el senderista se pierda en los laberintos que las rocas crean. Y eso exactamente hicimos. Reme reseñó que era una ruta en la que no había que andar mucho para llegar a la parte atractiva: la hermana mayor de Castroviejo, que según sus propias palabras es “una fantasía”. Fuimos tranquilos, disfrutando de todo lo que nos rodeaba, comentando cada forma en la piedra y cada chiste.
Ambascuerdas es un paraje con formaciones rocosas curiosas que tiene un gran parecido con la famosa Ciudad Encantada conquense, aunque con mucha menos fama. Su origen se remonta a aproximadamente entre 201 y 66 millones de años, cuando esta zona formaba parte del fondo del mar de Thetis, un inmenso océano tropical que tenía la extensión de Asia y forma de C. Era un mar interior, cálido y poco profundo, que propició la deposición de sales, en especial carbonato cálcico. Al final del Cretácico y debido a la orogenia alpina, el mar se retiró y el lecho marino, de piedra caliza, emergió, formando las características rocas, farallones y laberintos kársticos de la zona. La erosión durante miles de años producida por el agua, el viento y el hielo hicieron que las piedras tomaran formas caprichosas que hacen volar la imaginación. El agua junto al dióxido de carbono disuelve la roca caliza aumentando aún más su porosidad, formando galerías en su interior y produciendo formaciones de karst. Muchas se han destruido al caer el techo de las cuevas quedando solo en pie los bloques más resistentes, generando un jardín de rocas mágicas llamados “tormos”, que forman fantasías en piedra creando un ambiente misterioso que deja correr la imaginación.
Paso a paso recorrimos felices, de una forma casi infantil, las calles que forman las rocas de Ambascuerdas, sorprendidos de las emociones que las formas nos hacían sentir: una especie de síndrome de Stendhal para algunos y un viaje al paleolítico para Almudena, siempre al quite para ayudar al guía.
Llegamos al paraje del Huerto de Ambascuerdas, una pequeña pradera con un pino majestuoso y rodeado de rocas. Nos cuentan Félix y Gemma lo que les costó encontrar el lugar la primera vez que llegaron allí y nos reímos con la nueva versión del “llevarse a alguien al huerto”. A veces no resultaba fácil seguir la ruta porque el camino transcurre entre paredes de calles angostas y hay grietas que se estrechan y no tienen salida. Hay un momento del camino en que la ruta que seguimos en Wikiloc parece un galimatías,

pero en realidad es un lugar increíble, solo que un poco laberíntico. Es difícil acceder porque la entrada es una ranura delgada. El color de la luz que irrumpe por la estrechez es de un color dorado, creando un momento mágico.

Saliendo de allí, vemos una sombra encima de unas rocas, que nos asusta, para luego comprobar que la silueta pertenece a un espécimen de Ricardus Rupestris, cuyo hábitat está en las rocas más altas y difíciles.
Buscamos similitudes de las formas de las rocas con la realidad. Conchi acuña una de las mejores comparaciones: bautiza a dos rocas como El beso. Le digo que hay una igual en la Ciudad Encantada, que se llama los Amantes de Teruel, aunque las piedras de ellos no se tocan. También encontramos ranas, tuaregs, botijos y otras mil figuras diferentes.

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Chano crea la sucursal del Zurraquín en Ambascuerdas, moviendo lajas, es decir piedras horizontales grandes. Como ejemplar de Ingenierus Constructus deja su impronta en todos los hitos del camino que encuentra. En esta excursión sus montones llegan a la categoría de arte, que alguien denomina “efímero”. Ha invitado a Vicky a la excursión. Ella había estado antes en el lugar, pero esta vez vio muchas más cosas que en su primera visita. A lo lejos se ve Peñas Blancas.
La sensación de lugar encantado no solo lo consiguen las rocas, sino que se magnifica con las formas tan curiosas de los pinos milenarios, y sobre todo los esqueletos de los árboles secos que crean una especie de esculturas increíbles, sobre todos aquellos que están encima de la piedra, y aislados, con los troncos que crecieron en su momento al ras del suelo. Quizás el no mirar hacia arriba hizo que se secaran. Alberto, nuestro experto en el tema, nos habla de ello y nos enseña los diferentes tipos de flora y fauna del lugar. En esta excursión nuestra planta favorita es el brezo, blanco y rosa, que crea un manto de color que lo cubre todo. Aprendemos a distinguirlo de la Erica, parecida, pero de menor altura. En cuanto a animales vislumbramos algunas mariposas negras.

Dejamos atrás las cuerdas para empezar la subida para llegar a la zona alta, un cortado enfrente de Urbión. Cambiamos las rocas por praderas y paisaje alpino, con algún árbol desperdigado. A más altura, menos vegetación. Comemos enfrente de los picos, desde donde se divisa el nacimiento del Duero y las Tablas de la Ley.

Almorzamos con esas vistas. La conversación siempre es agradable pero cuando tienes enfrente a una mujer del Renacimiento como Ana María, escucharla para aprender es un verdadero placer.
Continuamos la bajada por la senda, entre la pinada, pasando por varias lagunas, destacando en importancia la de la Culebra. Llegamos al aparcamiento después de haber visto el pico de Urbión desde lo lejos por segundo fin de semana consecutivo y con los dientes largos pensando en nuestra próxima y última meta, también muy cercana a la misma cima. Como una vez dijo José Antonio, llevamos ya mucha distancia caminando juntos, aunque todavía, como siempre, nos queda un kilómetro para llegar al final.
Chus