RECORDANDO EL MONCAYO. Soria, 26 Septiembre 2026

 

Hemos vuelto a rendir tributo a una de nuestras emblemáticas montañas sorianas, que comparte territorio con la región aragonesa. Y no es porque hayamos alcanzado su cima, como señal de homenaje senderista a esta familiar cumbre. Ya lo hemos hecho en otras ocasiones.  Hoy nos hemos quedado un poco más alejados de su cúspide, pero sin perder de vista su mágico perfil montañoso, desde la posición que hemos alcanzado para divisar y admirar el entorno que amplía su horizonte.

Son las ocho de la mañana. Y como siempre, todos los inscritos en la ruta estamos en el lugar de costumbre para la salida. Pregunto a José Antonio:” ¿cuántos somos hoy?”. “Veinticuatro”, me dice. Pues las dos docenas, como le contesto, en plan jocoso, nos ponemos rumbo a la N-122 hacia Agreda para, desde aquí, desviarnos dirección Vozmediano, hasta llegar a nuestro punto de salida.

El viaje transcurre con normalidad, pero con la dificultad del sol naciente que nos da de frente y tanto molesta para la conducción. Ningún problema que no se pueda solucionar con el uso del parasol interior del coche y unas adecuadas gafas oscuras para evitar los deslumbramientos.

Llegamos a Agreda, todavía silente y con poco bullicio por sus calles. Desde aquí enfilamos una sinuosa carretera, y tras atravesar Vozmediano, alcanzamos el aparcamiento junto a la conocida “Fuente del sacristán”.

Iniciamos la marcha por una cómoda pista forestal, con una leve inclinación ascendente, mientras admiramos la pujanza y frondosidad de las hayas que flanquean el camino.

La pista de hace cómoda al principio, pero poco a poco nos vamos adentrando por sendas de trayecto más difuso, aunque no faltan los conocidos hitos o señales de piedra, a modo de indicadores que aseguran la buena dirección hasta un objetivo determinado.  No obstante, cada día son más numerosos los/as compañeros/as que utilizan los conocidos programas de orientación incorporados al teléfono móvil, para guiarnos por las rutas propuestas, a la vez que se familiarizan con el conocimiento de estas ayudas que proporciona, entre otros, el conocido Wikilock.

Los hayedos que nos vienen protegiendo del sol se alternan con robles, estepa, o pino albar, que vamos contemplando a nuestro paso. Nos sorprende que la hayas todavía conserven la hoja casi intacta, si tenemos en cuenta el verano cálido y seco que hemos tenido, que facilita la deshidratación del árbol y la pérdida de resistencia de las hojas. No sabemos qué tiene que ver esto con el ya tópico y manido “cambio climático” ´. Lo dejamos para el debate de ambientalistas, meteorólogos y estudiosos del clima.

Llegamos a una pista forestal, pero no seguimos por ella, sino que enseguida nos adentramos de nuevo por senderos poco señalados, donde la vegetación rasera va ocultando la naturaleza del suelo que pisamos.

Ahora la pendiente se hace más pronunciada. No sabemos muy bien cuál es nuestro objetivo, así que no puedo por menos que preguntarle a Félix dónde está el punto final de nuestra marcha. Entre la masa arbórea, me señala un pico que sobresale en la cadena montañosa que rodea al Moncayo, no muy alejado de nosotros, pero con un considerable desnivel para acceder al mismo desde la posición donde nos encontramos. En otras palabras: no esperábamos una subida tan vertical.

Pero no es tanto la verticalidad lo que va a poner a prueba nuestra resistencia, cuanto el tortuoso camino que, por momentos, parece que no vamos andando, sino que lo que nos toca ahora es trepar entre rocas que parecen cerrar el paso para llegar a lo alto. Sobran los bastones de apoyo y lo que la situación nos exige es el uso de las manos y los pies para acceder con seguridad hasta el siguiente tramo del camino: nos agarramos al saliente de la piedra que asoma por encima de nuestras cabezas, mientras fijamos los pies en los puntos de las rocas inferiores que nos ofrezcan seguridad. Ahora ya se trata de empujar el cuerpo hacia arriba para encontrar el esperado rellano que nos permita una pisada más cómoda.

La operación de este tipo de “trepa” no es sencilla y requiere ciertas precauciones. Pero también es cierto que no falta la ayuda de los compañeros mejor dotados físicamente para que nadie se quede descolgado. Y en honor a la verdad, he de confesar que este cronista por un momento pensó en evitar riesgos y permanecer en el lugar que más complicado parecía superar, y esperar aquí el regreso de los colegas de aventuras. Duró poco mi indecisión, ya que, una vez hubieron pasado todos por este tramo, desde arriba oigo la voz de José Luis: “venga, Agnelo. Inténtalo. Yo te ayudo”. No hizo falta más motivación. Allá que me lancé sobre la pared rocosa que se interponía en el camino y con la ayuda de José Luis coroné, con menos dificultad de la prevista, la escarpada trayectoria que remataba nuestra ascensión.

 

Apenas pisamos la parte superior del peor tramo del camino, nos encontramos en lo alto del llamado Pico La Mata, 1415 m. de altitud.

 

El esfuerzo mereció la pena: ante nosotros, una vasta perspectiva de la sierra del Moncayo, con vistas a las dos vertientes, oriental y occidental, que muestra todo el esplendor de una comarca admirada y admirable para quien sienta el gusto por el paisaje, la naturaleza, los espacios arbóreos…, en fin, el amor por la montaña, el silencio, la policromía del campo…. En el vértice de este montecito donde nos encontramos han levantado una pequeña torre con piedras del lugar, de geometría cónica, emulando una chimenea que quiere elevarse sobre el tejado de este singular enclave, mirador privilegiado que disfrutamos sorianos y aragoneses.

¿Y qué mejor lugar para hacer aquí el merecido descanso de toda ruta, mientras vamos vaciando las mochilas de los pertrechos gastronómicos? Enseguida tomamos asiento y comienza el ritual del consumo del deseado bocadillo. Tenemos unas condiciones excelentes: sol radiante, hermosas vistas, y, sobre todo, buen apetito. Así que, en distendida conversación, el buen humor reinante y la energía que nos proporciona lo que guardaba el papel de aluminio, vamos disfrutando de lo que el momento nos ofrece.

Y, por supuesto: estamos en el lugar idóneo para inmortalizar este evento con la imprescindible foto grupal.

Y ahora viene la bajada. Si la subida nos ha supuesto un esfuerzo adicional de brazos y piernas, el descenso nos va a permitir, por nuestra seguridad, que utilicemos la parte posterior del cuerpo donde la espalda pierde su nombre honesto para hacer más fácil la andadura. Este procedimiento resulta menos complicado y exigente que la laboriosa tarea de trepar.

Y en el camino admiramos la existencia de algunos magníficos acebos, que brillan en todo su esplendor, como solo el verde intenso de su hoja sabe hacerlo. Nos sorprende su desarrollo por estas latitudes, pero ese es, precisamente, su encanto. Los ejemplares hembra presentan sus bayas rojas, como si hubieran sido trasegadas del parque acebal por antonomasia de la provincia, Garagüeta.

Las hojas de roble, desprendidas de sus ramas, nos sirven ahora de suave alfombra para hacer más distendida la marcha. Hemos cubierto una parte de la ruta por el mismo sitio que hicimos la subida, pero ahora tomamos una pista forestal, de unos 4 Km. que no abandonamos hasta casi ya el final del trayecto.

En un ambiente más relajado, vamos consumiendo los kilómetros que completan nuestra andadura de hoy, mientras seguimos disfrutando de la sombra que nos proporciona la abundante vegetación arbórea que se levanta sobre esta ladera del Moncayo.

No somos los únicos. Por el camino nos cruzamos con otros andarines que no han perdido la ocasión de disfrutar esta soleada mañana del encanto montañero que ofrece la sierra que cruzamos.

Casi al final del trayecto, dejamos la pista para entrar por una cómoda senda de tierra que nos acerca hasta el lugar de aparcamiento de los vehículos. Hemos ejercitado o, mejor, hemos revivido un ya conocido estilo de andar entre rocas: el verbo “trepar” lo recordaremos en nuestra actividad andarina, cada vez que una pared rocosa, por pequeña que sea, se interponga en nuestro camino.

Intentamos tomar una cerveza en el bar próximo a nuestro lugar de llegada, todavía en tierras aragonesas, pero el establecimiento se encuentra temporalmente cerrado. Así que, entre las opciones que barajamos, hacerlo en Agreda o llegar hasta Soria, optamos por la segunda: el Gaya Nuño es, una vez más, testigo de los momentos de asueto deseados, tras una más que animada caminata por ambientes montañosos: la refrescante cerveza o el brioso vino tinto es el merecido premio que nos cobramos por nuestro esfuerzo.

 

Agnelo Yubero

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Por favor acceder para comentar.

Posted by: soriapasoapaso on