POR LOS PINARES DE COVALEDA Y DURUELO. Soria, 19 Septiembre 2026
Covaleda y Duruelo: dos pueblos unidos por un mismo patrimonio, a la vez que extienden la misma sensación de paz, armonía y sosiego.
Sin embargo, hubo un tiempo, no muy lejano en el que la rivalidad entre ambos era un hecho palpable en sus relaciones de vecindad por variopintas circunstancias que azuzaban esta “cordial” enemistad. Recuerdo a mi madre, acérrima covaledense, oírla decir que echaba pestes cada vez que su padre, mi abuelo Pedro, natural de Duruelo, le obligaba a ir, contra su voluntad, a las fiestas patronales de su pueblo, en el mes de Septiembre. Y es que en aquella época existía, y de qué manera, la citada rivalidad entre Covaleda y Duruelo, cuando por supuestos motivos, tenidos por desconsiderados u ofensivos, se menoscababa el orgullo de pertenencia a uno u otro municipio, a la vez que se destacaban las virtudes de uno, frente a las carencias del otro.
Esos tiempos constituyen ya, felizmente, parte del costumbrismo rural: la progresiva convivencia entre las generaciones más jóvenes y, sobre todo, el cruce matrimonial entre parejas de ambos pueblos, han ido aminorando y hasta reduciendo al mínimo el sentimiento de pertenencia local, cuando se trata de comparar logros y virtudes de cada municipio.
Pero si hay algo en común que más une a estos dos núcleos poblacionales es la belleza y riqueza de sus pinares. Pasear por sus montes, admirar la altivez de sus pinos, contemplar la armoniosa riqueza de su masa forestal, respirar el olor a madera…, hace que cualquiera sienta el pinar como un regalo de la naturaleza, sin importar a quien pertenece este maravilloso paisaje.
“Lento, muy lento, eterno surge el pino;
Invisible y erguido gana altura,
y alcanza ya en las nubes su destino
Y al cierzo desafía en su bravura;
solaz para el viajero en su camino,
crea en su entorno plácida hermosura”
(Extracto de un soneto de V. Algarabel)
Y esa ha sido la sensación de nuestra ruta de hoy.
Comenzamos la nueva temporada senderista 2016-2027 y no podíamos hacerlo de mejor manera: un paseo entre pinos, una temperatura ideal y un trazado suave para ir desentumeciendo la inactividad andarina de los meses de verano.
La salida a la hora de siempre y desde el lugar de siempre. No son todavía las 8,00 cuando la mayor parte de los coches ya han arrancado hacia el punto de partida. Un par de minutos antes de esa hora, este cronista llega al aparcamiento habitual a recoger las compañeras que traslado. Por un momento pienso que se ha retrasado mi reloj al no ver ningún vehículo aparcado, a la vez que mis acompañantes empezaban a pensar si me había quedado dormido. Ninguna impuntualidad, por mi parte. Si acaso, un arranque de hiperpuntualidad del resto de conductores.
El día ya ha despuntado, augurando un ambiente soleado. No obstante, en el trayecto debemos sortear una molesta niebla baja, que obliga a extremar las precauciones de conducción, en tanto el aire interior del vehículo se ocupa de dar visibilidad al parabrisas.
El lugar de llegada está enclavado en el Campamento Juvenil de Covaleda, también conocido como “Raso de la Nava”. Llegamos casi a la vez todos los vehículos desplazados para la ocasión, mientras vamos aparcando en un cómodo rincón del citado campamento. Saludos de bienvenida, breves comentarios y charlas sobre nuestras actividades estivales, mientras ajustamos las mochilas y estiramos los bastones para disponernos a encauzar los primeros pasos hacia el conocido lugar como “Paso de los arrieros”.

El camino es todavía una pista asfaltada dentro del campamento, que pronto abandonamos, antes de llenar al icónico puente del “paso de los arrieros”, para adentrarnos por la cómoda senda de un trazado amable, blando y, sobre todo, bajo la sombra que nuestros altivos guardianes nos proporcionan, como un regalo de bienvenida a sus dominios.

Y enseguida encontramos el cauce de lo que parece un diminuto arroyo, que fluye perezoso acunado bajo la protección del universo forestal que inunda el paisaje. En realidad, caminamos junto al todavía niño río Duero, que ha dejado atrás su cuna, en las proximidades del Urbión, tras su paso por Duruelo, donde se le une el río Triguera, para ir recogiendo en su trayecto otros meandros y regatos que harán de él la corriente fluvial más importante que riega nuestra comunidad castellana.

En algunos tramos de su cauce podemos ver sobre las orillas algunos ejemplares de pinos arrancados literalmente de sus raíces, cual si fueran cíclopes tumbados de un lado a otro de las márgenes de un riachuelo. Su caída se produce como consecuencia del escaso sustento que encuentran en las débiles márgenes del río, que con el tiempo han ido perdiendo consistencia para soportar estos hermosos ejemplares, plenos de utilidad y riqueza maderera. Sabido es que las raíces del pino albar son muy extendidas, pero poco profundas, lo que facilita que en terrenos poco consistentes, y con la ayuda del viento y las lluvias acaben por caer de forma natural.

Otro elemento que configura la idiosincrasia de un pinar son sus variadas y prominentes rocas diseminadas por este entorno arbóreo, a modo de testigos silenciosos que confieren y transmiten una sensación de protección y seguridad a sus enhiestos compañeros de morada compartida. Todavía no encontramos conjuntos espectaculares como hemos podido admirar en otros rincones pinariegos (Ambas Cuerdas, Castroviejo, etc.), pero ahí están, como testigos silenciosos que se muestran inmutables e impenetrables en este juego perenne de la vida y del paisaje.
Y mientras vamos conversando y admirando cada rincón de estos parajes, nos vamos adentrando en terreno de Duruelo. Seguimos acompañados del leve susurro de nuestro Duero. No nos hemos alejado en todo el trayecto.

Ya divisamos alguna construcción en medio del pinar perteneciente a este municipio. Un pequeño y remodelado puente sobre el río nos coloca ya en las proximidades del citado núcleo poblacional. Y en este punto me vienen a la memoria los versos de un poeta enamorado de Covaleda (creo que son de José García Nieto, pero no lo puedo asegurar) que proclama la belleza y sintonía de ambos pueblos en su legado común pinariego:
Covaleda, Duruelo,
vuestro cielo
vuestros pinos ¡son ellos!
¡Son tan bellos!
¡y amigos de verdad!
Al flamear sus ramas
– vivas llamas –
nos bendicen
y nos dicen
¡¡¡APRENDED AMISTAD!!!
Cruzamos el nombrado puente y nos adentramos en un recinto rodeado de una cerca metálica, pero de fácil acceso por la puerta principal al mismo. Unos pasos más adelante estamos en el polígono industrial de Duruelo. Pilar me recuerda la última vez que pasamos por aquí, un día lluvioso, que llegamos empapados hasta este polígono y lo primero que hicimos fue buscar una nave abierta donde guarnecernos de la lluvia que arreciaba. Un empleado que trabajaba por allí, cuando nos vio llegar nos preguntó, asombrado, donde íbamos con el tiempo que hacía. Esta vez hemos tenido más suerte. La lluvia la dejaremos para otras rutas que, sin duda, llegará.

Tras atravesar el polígono industrial, con un inconfundible aroma a madera fresca, cruzamos la carretera para encaminarnos hacia la llamada Caldera de Duruelo. En pocos metros estamos de nuevo en medio de pinos, todavía jóvenes, pero abundantes, mientras pasamos por el lugar donde los durolenses celebran su típica caldereta de fiestas: una explanada dotada de mesas, barbacoa, algunas atracciones infantiles y un espacio techado para fines que desconozco.

Pronto encontramos la llamada Caldera de Duruelo. Se trata de un remanso tranquilo de agua limpia y cristalina, acunada por los márgenes rocosos que parecen proteger su caudal.
Seguimos camino adelante hasta llegar a las conocidas pozas, que presentan un perfil similar por lo que a la pureza y transparencia del agua se refiere. Aquí el Duero fluye con cierta bravura facilitando su cauce la discreta verticalidad del terreno. La imagen es para contemplarla y no tanto para probar la temperatura del agua que se presenta desafiante para el atrevido que ose meter los pies.

Y en este icónico lugar hacemos la parada obligada de toda ruta. Hay mesas campestres, como lugar turístico por excelencia, que facilitan nuestra recuperación de fuerzas y la satisfacción a nuestras necesidades gastronómicas. Charlas distendidas, sabrosos bocados, corre la bota y no faltan algunos delicatesen que reparte Alicia.

Hemos completado la primera mitad del recorrido. El regreso lo hacemos, en parte, por el mismo camino que hemos traído, aunque nos desviaremos hacia la vertiente más oriental para visitar (o recordar) otro hito importante en este trayecto pinariego: el puente de Santo Domingo, Bien de Interés Cultural. Se trata de un puente del siglo XII, construido con piedra de sillería de considerables dimensiones, de un solo vano y remodelado recientemente, manteniendo su estructura original, para facilitar su tránsito por la cubierta

Hoy lo vemos y valoramos como una obra histórica, pero en su época, y aun más tarde, fue una importante vía de comunicación para el trasiego de mercancías en el camino entre Covaleda y Regumiel de la Sierra, utilizada por la entonces más pujante empresa de transportes: la “Hermandad de Carreteros”.
Desde aquí hasta el lugar de aparcamiento de los coches apenas nos separan 800 metros. Como novedad de este entorno, hay que apuntar la acertada señalización del camino o ruta entre los puentes del Duero, enmarcando los límites de la senda con elementos troncosos y el suelo rellenado de tierra batida. Sin duda, un acierto para transitar por esta ruta, cada vez más popular.

Acabamos nuestra caminata inaugural de la temporada y decidimos que la última cerveza la tomaremos en el habitual punto de encuentro: el Gaya Nuño.
El comienzo no ha podido ser más agradable y de fácil andadura. Pero afrontaremos otros retos que iremos contando.
Agnelo Yubero