RUTA POR CABREJAS DEL PINAR (24/03/2018)

No estaba en el guión, pero las inclemencias temporales precedentes y el estado del terreno no aconsejaban hacer la ruta prevista por tierras de Boos y Rioseco; así que nuestro guía, con buen criterio, nos llevó por tierras de Cabrejas del Pinar, previo reconocimiento del terreno que él mismo realizó en compañía de Julian las vísperas del evento.
Y una vez recibidas las instrucciones pertinentes para el inicio de nuestra caminata sabática, pusimos rumbo a Cabrejas del Pinar desde el ya habitual punto de arranque de la cafetería “El Lago”.
El día está nuboso pero la temperatura es suave, aunque tenemos la previsión climática de agua o nieve a lo largo de la mañana.

En dos coches nos dirigimos a nuestro destino y en poco más de media hora ya hemos puesto pie en Cabrejas para comenzar el camino los diez voluntariosos compañeros inscritos para la ocasión.

El principio de la ruta es una carretera asfaltada y tras recorrer un corto estrecho por este vial tomamos una cómoda y ancha vereda, llana, conocida por los oriundos del lugar como “el caminazo”, que facilita un andar relajado y distendido, mientras hacemos cábalas sobre la evolución de la climatología a lo largo de la mañana. Caminamos entre un pinar con abundancia de enebros y sabinas, que se mezclan, a medida que avanzamos, con el pino albar, en una rica y “mestiza” riqueza de vegetación arbórea, dando un vistoso colorido a este privilegiado entorno de nuestra geografía local.

A derecha e izquierda de nuestro camino, la gayuba tapiza con sus diminutas hojas los claros del bosque de esta área del sistema ibérico, mostrando un suelo de perenne verdor y brillantez vegetal. (A modo de curiosidad hay que decir que la gayuba, en griego “arctostaphylos” y en latín “uvas ursi”, se traduce por “uvas del oso”, indicando la preferencia que dichos plantígrados muestran por las bayas de este arbusto). Por el suelo del terreno que transitamos y la capa que recubre los árboles, resulta muy apropiado el fondo musical del vídeo que sobre la ruta ha elegido nuestro entrañable sherpa, recordando las notas del clásico bolero “Por el camino verde” (aunque en esta ocasión no nos lleve hasta la nostálgica ermita que evoca la canción, sino a otros lugares de singular belleza y esplendor natural).
Suaves repechos de subidas y bajadas, sendas en buen estado (todavía) y algunas nubes grises cada vez más abundantes, que nos anticipan lo que más tarde serán tímidos copos de nieve para dar un toque “blanco” a nuestros pasos, marcan el normal discurrir de la ruta.

No solamente el verde tapiz de la gayuba brilla sobre el suelo. Arboles y piedras aparecen revestidos de esponjosas capas de líquenes y musgo, confiriendo al conjunto del paisaje el aspecto cuasi mágico de encontrarnos ante un bosque encantado. Alguno de estos árboles se han acodado al pie de pequeñas elevaciones rocosas, como queriendo conservar de por vida la permanencia sobre estas formaciones sólidas, mientras se elevan por encima de su protección natural, buscando la luz y altura que les permita su crecimiento y desarrollo.

Entre distintos cruces y postes indicadores de orientación a lugares de interés, aparece uno que señala el camino hacia la “Fuentona”, enclave emblemático de estos parajes, entre otras cosas por la cascada natural que exhibe en época de abundancia hidrológica, como la que estamos viviendo estos días. Pero no será este el destino final de nuestra ruta, sino conocer el riachuelo que da origen a esta bella y torrencial caída de agua, sobradamente conocida y admirada.
Enfilamos dirección noroeste y cuando hemos recorrido aproximadamente la mitad de la ruta, ante nuestra vista aparece un caudaloso arroyo, conocido como el “arroyo de la hoz”, que, a la postre, sus aguas formarán la ya mencionada cascada de la Fuentona.

Sobre una elevación del terreno próxima a la orilla de esta corriente, que discurre rápida y con el sonido armonioso que produce el agua que fluye, hacemos el obligado alto en el camino para reponer fuerzas. Tortilla, embutidos caseros, frutos secos, fruta variada, todo ello regado con el tinto de la bota que da lustre y esplendor a nuestro recorrido, comienzan a salir de nuestras inseparables mochilas, a la vez que lenta, pero inexorablemente, van desapareciendo en el tracto digestivo de los afortunados caminantes que, una vez más, tenemos ocasión de disfrutar de unos parajes, una naturaleza, un medio ambiente que despierta admiración y produce sensación de paz, distensión, armonía….

Y aunque suene ya a tópico, en esta ocasión nos va a hacer falta el chute de energía que nos suministran las viandas consumidas, por lo agreste que se presenta el perfil de terreno a recorrer. Hemos dejado atrás un camino perfilado por las rodaduras de los vehículos que se adentran por estos territorios campestres. Ahora avanzamos por la margen derecha del “arroyo de la hoz” y en sentido contrario a su flujo natural, pero ante la dificultad de hacerlo junto a la orilla del caudal, debemos adentrarnos sobre la media ladera que flanquea su curso, donde no existe camino trazado (si acaso alguna rudimentaria marca del paso de animales),sino una abrupta ruta que nos obliga a sortear suelos surcados de irregulares y empinadas piedras, ramas de árboles que descienden a plomo sobre el camino, algunos pinos atravesados a nuestro paso que han sido derribados por el viento, arbustos espinosos al pie de la ruta, bruscos desniveles del terreno que obligan a asegurar la estabilidad de nuestras pisadas….En ocasiones, podemos descender hasta las proximidades de la orilla del arroyo, donde se han formado minúsculas llanuras cubiertas de un verde resplandeciente que le otorga

la vegetación herbácea que crece en su entorno, pero son escasos los momentos que podemos transitar por estas tranquilas zonas fluviales. Y en este tramo del recorrido ha hecho su aparición la nieve, que cae mansamente sobre el terreno, en forma de minúsculos copos, como si no quisieran perturbar la paz del ambiente ni el bienestar de quienes nos hemos convertido en compañeros de viaje de este caudal que acompaña nuestros pasos, antes de precipitarse en un emblemático paraje de la sierra cabrejana.

La marcha se hace dificultosa, pero eso no arredra nuestro ánimo, aunque es verdad que cuando estamos obligados a reducir el ritmo de los pasos por la dificultad del terreno, la relación tiempo-distancia se hace menos dinámica de lo que quisiéramos. No importa. La belleza del lugar compensa el esfuerzo realizado y, con el murmullo del agua que acompaña al caminante, vamos saliendo de nuevo hacia sendas menos agrestes y más “amables” para nuestros lúdicos objetivos.

Una pista forestal nos conduce hasta un paraje de ocio, con las típicas dotaciones de un merendero de campo, al que los lugareños conocen como “molino Ranero”, sitio frecuentado por los nativos de la zona durante los meses de tiempo benigno, a escasos Km. ya de Cabrejas del Pinar.

De aquí parte una carretera asfaltada que lleva hasta el pueblo, pero no será esta la opción que tomemos, sino que nos adentramos por un camino marcado por las rodaduras de vehículos, aunque esta pista está anegada en muchos tramos por las lluvias caídas recientemente y, en consecuencia, saturada de barro a lo largo del recorrido.

No podíamos finalizar la ruta sin conocer el origen de esta masa de agua que nos ha acompañado en nuestro paseo de hoy y dar testimonio del origen y final de su curso. Y ahí nos dirigimos, hacia la surgencia de este río de montaña (más bien habría que decir de la serranía montañosa), no muy lejos ya del punto final del camino.
Apenas hemos entrado en el casco urbano de la población, nos desviamos hacia el norte y tras una corta y empinada cuesta por la falda del cerro que ejerce de guardián y vigía de Cabrejas, nos damos de bruces con el nacimiento del arroyo, brotando con fuerza desde la tobera que alumbra su salida para despeñarse, apenas ha visto la luz solar, por la ladera cincelada en forma de pirámide truncada, jalonada de caprichosos escalones naturales, por donde fluye rápida la corriente hasta la confluencia del lecho que recoge sus aguas y las dirige a su destino final: la columna de agua que cae a plomo en La Fuentona.

El espectáculo natural es admirable y no faltan visitantes al lugar que, cámara sobre trípode, unos, o cámara al hombro, otros, quieren guardar las imágenes de esta hermosa estampa de la naturaleza. Tampoco nosotros podemos sustraernos a la belleza del entorno, eligiendo los lugares o enclaves que consideramos más apropiados para dejarlos impresos en nuestras cámaras fotográficas o en nuestro móviles, incluso con la ayuda de terceros para dejar constancia, como grupo, de nuestro paso por este bello paraje.
Hemos cubierto la distancia programada. Modificamos nuestra costumbre habitual de tomar el aperitivo a la llegada a Soria y, en esta ocasión, lo hacemos en uno de los bares del pueblo, acompañados por familiares de este cronista, vinculados a Cabrejas, quienes, en reciprocidad con nuestra invitación, nos corresponden en los mismos términos.

Ya de regreso a Soria no olvidamos que la próxima salida será fuera de nuestra geografía local, para visitar otra maravilla natural, igualmente en forma de cascada de agua en su brusca aparición, pero en esta ocasión dentro de la misma población que contempla desde las ventanas de su casa este regalo de la naturaleza. Y nos citamos para el próximo 7 de Abril en Orbaneja del Castillo.

Agnelo Yubero

3 Comments so far:

  1. Gracias compañero por tu crónica con la que podemos disfrutar un poco de esta estupenda ruta. Nos vemos en Orbaneja y seguramente con mas agua…

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