POR TIERRAS ALTAS… Y DESPOBLADAS Soria, 28 Febrero 2026

 

No es una novedad que, en nuestras habituales rutas senderistas, atravesemos comarcas, poblaciones, enclaves que, en otro tiempo,  habitaron gentes  por esos pagos. Y hoy, sin embargo,  son recuerdos del pasado, testimonios de esos lugares donde  hubo convivencia, relaciones, una actividad social y laboral y, seguramente, muchas ilusiones por mantener y defender el terruño  sobre el que se había construido un proyecto de vida, a pesar de las carencias  que  sus gentes  conocían.

Hoy vamos  a recordar una de tantas de estas realidades sociales: la despoblación y el abandono del que fue objeto uno de esos  núcleos poblacionales, otrora un pequeño municipio que mantuvo su fortaleza frente a un medio que le negaba las condiciones más necesarias para una vida confortable. Y aun así quisieron permanecer defendiendo el espacio que les vio nacer y crecer, hasta que los avances sociales y otras formas de vida aparecieron más confortables, obligándoles a abandonar su tierra.

Son las 8 ,00 h. Ya estamos concentrados en el lugar de costumbre para iniciar el viaje que nos lleva hasta el punto de partida de la ruta. En este caso, nos dirigimos a San Pedro Manrique, desde donde nos desplazaremos al despoblado de Vea, que constituye el interés de nuestra visita “turística” de hoy.

Algo menos de una hora nos ha durado el viaje y junto a la estación depuradora de aguas residuales del municipio sampedrano, aparcamos los coches para iniciar la marcha programada.

El sol no quiere mostrar su brillo a estas horas de la mañana, y aunque el cielo aparece encapotado, tampoco hay previsiones de que la lluvia vaya a hacer acto de presencia, como así resultó mientras duró nuestro recorrido.

Frente a nosotros, una marcada y empedrada senda nos señala el camino que debemos tomar y, a nuestra derecha, el arrullo armonioso del río Linares, que será nuestro compañero de viaje en nuestro periplo sabático. Fruto de las abundantes lluvias de los días pasados, el río presenta un envidiable y atractivo aspecto caudaloso, que transmite su vigor y belleza por los tramos que va saltando sobre el lecho de piedras que realzan su flujo, o la semblanza tranquila y armoniosa que presenta cuando discurre por un acunado fondo más llano y tranquilo.

En cualquier caso, no dejaremos de percibir su presencia, en forma de espléndido regalo de la naturaleza que ofrece al entusiasta senderista. Se conoce este hábitat también como “la ribera del Linares”, y, como todo ribera, está salpicada de variados y hermosos atractivos que muestran la belleza del  entorno que transitamos. Y es que, a lo largo de este primer trecho del recorrido, encontramos no pocos paneles informativos que nos hablan de la geología, le botánica y la fauna que se suman a la armonía fluvial que proporciona el entorno, bajo el genérico subtítulo de “senda botánica, ornitológica y punto geológico por la ribera del río Linares”

Sin ánimo de ser exhaustivo, solo quiero dar algunas pinceladas de lo señalado, a modo de reconocimiento de que los encantos naturales también se encuentran en lugares y rincones que pudieran parecer, en expresión machadiana, ariscos pedregales o calvas sierras, y, sin embargo, atesoran riqueza y contenidos que enriquecen los sentidos del caminante.

Por lo que se refiere a la geología del lugar, encontramos formaciones tectónicas, que aparentan la silueta de un barco, erguida y prominente en la punta de su proa y semihundido en la popa, es decir, una alineación lítica desplegada durante millones de años, donde inicialmente la disposición de estos estratos era horizontal, pero los movimientos tectónicos generaron el relieve actual: una sucesión de paredes rocosas inclinadas, que parecen haber perdido la horizontalidad inicial. Calculan los informes geológicos que esta sedimentación, hasta conseguir el aspecto actual, pudo durar 50 millones de años.

Si atendemos la información sobre la variedad botánica que se extiende por esta ribera, encontramos variadas y sugerentes especies de árboles, que, atraen la atención del curioso por saber algo más: en primer lugar, aparecen los chopos, un árbol muy extendido en cualquier ribera, que cumplen un importante papel medioambiental por disminuir la cantidad de fertilizantes agrícolas que pasan a la capa freática al actuar como filtros naturales. Además, dado su rápido crecimiento, el uso de su madera proporciona beneficios económicos.

Un arbusto muy frecuente también en esta y otras riberas es el Saúco, característico por su olor desagradable y unas llamativas flores blancas. Tiene mucha fama en la tradición  popular y algunas curiosidades: por ejemplo, entre los pastores se desaconsejaba echarse la siesta  bajo la sombra de un Saúco, porque producía dolor de cabeza. O que las hojas se ataban a los caballos, dado que por su desagradable olor, ahuyentaban a las moscas.

Otra variedad que encontramos es el Majuelo o Espino albar, que se suele presentar como un arbusto o pequeño árbol. Muy frecuente en toda la península. La presencia de espinas en sus ramas lo hicieron ideal para formar barreras naturales en las lindes de prados y huertos.

Menos habitual por estas tierras es el crecimiento del cerezo y, sin embargo, encontramos algún ejemplar, debidamente identificado e informado en los paneles explicativos que jalonan el camino de esta ribera.

Y no podía faltar la presencia del pino en alguna de sus variedades habituales, como el pino uncinata. Pero nos llama más la atención una indeseada plaga que afecta a estos ejemplares arbóreos, como es la temida “procesionaria”, que observamos en algún ejemplar de los que enriquecen la ribera del Linares. Y en este punto debo destacar la afortunada presencia de Alberto junto al grupo que caminamos cerca de estos ejemplares, por cuanto recibimos una lección no solo de lo que es y significa esta plaga para la salud de la especie arbórea, sino también de los medios que se han utilizado para combatirla y los que se utilizan actualmente para hacer más eficaz su extinción.

Y, por último, quisiera hacer también una breve referencia a la variedad avícola que por estos lares sobrevuela, y, en concreto, las aves rapaces que disfrutan, desde las calvas sierras de su hábitat, del arrullo que les hace llegar el fluir del río, verdadero sustento de la vida vegetal y animal de esta prolífica ribera. Y ahí tenemos diversas clases de águilas, o el majestuoso buitre leonado, cuando no el simpático alimoche o el oportunista milano real.

Y mientras observamos y aprendemos de la naturaleza lo que se presenta a nuestra mirada, nos vamos  acercando al despoblado que hoy hemos elegido como punto de interés de nuestra salida. No sin antes hacer mención de una característica que presenta el camino: sabido es que Vea no tiene ni ha tenido anteriormente acceso hasta su núcleo por carretera. El camino que recorremos es el mismo que hacían sus antiguos moradores para ir y venir hasta San Pedro Manrique en el medio de transporte habitual, las caballerías. De ahí que observamos que, en varios tramos, está reforzado con pequeñas paredes de piedra para contener la  seguridad de la ruta, frente a la inestabilidad de los taludes sobre los que se asienta el trayecto. Y eso sí: estas paredes continúan intactas, robustas y seguras  para mantener la pisada firme del caminante.

En las proximidades del enclave abandonado, nos cruzamos con un chico joven, acompañado de un perro, en dirección contraria a la que nosotros llevamos.  Sabíamos que algún atrevido amante del silencio y la tranquilidad habitaba una de las viviendas del pueblo. Suponemos que este podía ser el inquilino solitario de Vea. Solo es un supuesto. Yo no tuve ocasión de preguntárselo.

Nos acercamos hasta Vea. Y un curioso cartel de madera, tosco y artesano, nos advierte “En Vea te veas”. Y un segundo cartel aclara que el puente, que vamos a atravesar, “se ha construido por la gente de Vea, sin herramientas de motor, con diferentes técnicas de ensamblaje.”.

Atravesamos el puente y enseguida cruzamos una rudimentaria puerta de madera, como si quisiera indicarnos que entramos en un espacio especial, donde se apunta, primero, que se cierre la puerta, “hay animales sueltos” y nos insta a que respetemos la “intimidad y tranquilidad”, además de otras curiosas advertencias preventivas. No estamos entrando en un monasterio del Cister o en un convento de clausura…pero casi, a juzgar por loa precavidos consejos de su/s actual/es poblador/es.

Nos encontramos en el corazón de la abandonada Vea. El despoblado presenta dos relieves claramente separados: un espacio central, llano y divisorio de dos parcelas poblacionales que se sitúan arriba y debajo de la zona  que ocupamos. Y aquí, en la tranquilidad que reina y domina este histórico municipio que en su día fue, asentamos nuestros reales y abrimos las mochilas para hacer la correspondiente restitución de energías consumidas durante algo menos de 7 Km. que ha durado la “travesía” a orillas del Linares.

En la parte alta descrita, asoma un largo tubo, a modo de instrumental chimenea, que sale de la pared de una de las viviendas que todavía permanecen en pie. No es difícil interpretar esta prosaica chimenea como la ¿única? vivienda ocupada que nos deja entrever algún tipo de vida humana  en este rescoldo de tierras altas. En la parte baja, el humilde campanario (sin campanas) de lo que fue la Iglesia del pueblo todavía conserva su silueta, como si quisiera testimoniar que también en la precariedad de sus recursos, la Iglesia era parte indispensable de la esencia de los pueblos castellanos.

Nos repartimos como mejor podemos en este espacioso (para nosotros) lugar de asueto, mientras desenvolvemos los bocadillos. Un orondo y amigable gato negro, nos observa para atrapar algún bocado que sobra a nuestras viandas. Otro signo de vida de este inmarcesible lugar. Y el felino es muy selectivo: no le gusta la manzana, pero alcanza con suma fruición algún descarte de embutidos que se le ofrecen. Parece evidente: no es vegetariano.

Hoy he llevado la bota que me decoró Yoli (Yolanda de Gracia). Y en uno de esos corrillos donde voy a ofrecerla, me encuentro con Chispi, entrañable compañera que hacía tiempo no coincidía con ella en las rutas. Me explica el motivo y lo entiendo. Y me ofrece de su bandeja jamón y chorizo caseros, auténticos delicatesen, cosecha, por supuesto, de la mano de Chispi.

La soledad y el silencio presiden nuestra presencia. No es para menos. Vea es un testimonio de pobreza y austeridad de estas tierras que antaño sus moradores trataron como su patrimonio social, familiar y   Santi me comenta que ha hecho un recorrido por lo que fue el pueblo, es decir, una calle por debajo de donde nos encontramos y vuelta hasta la llanura que nos acoge.

Hemos terminado las viandas. Y ahora toca volver por el mismo camino hasta el punto que aparcamos los vehículos. Mismo recorrido. Mismo ambiente. Repasamos  las características y los encantos del lugar que hemos visitado. Y un mismo sentimiento: nuestra tierra es pródiga en belleza natural, pero hostil para llevar una vida digna y confortable, si el espacio que hemos elegido nos aleja de satisfacer estas aspiraciones.

Resaltar, como colofón a este día, que hemos atendido dos incidencias, en forma de accidentes menos importantes, de dos compañeras de ruta.   Pero esto pertenece a la crónica negra de nuestra actividad, que no tiene cabida en la crónica blanca del relato que abandera  la actitud positiva del grupo y bajo el cual deseamos a nuestras amigas senderistas una rápida y segura recuperación de sus contratiempos ocasionales. Las esperamos YA para las próximas jornadas.

Agnelo Yubero

One Comment so far:

  1. Que bien con el Linares con tanta agua y veo que han construido el puente. La última vez que estuvimos echamos dinero en u bote para tal fin. Misión cumplida. Mil gracias Angelo

Haz clic aquí para cancelar la respuesta.

Por favor acceder para comentar.

Posted by: soriapasoapaso on