Caminito del Rey – Torcal de Antequera (Málaga)

 

 

QUINCE DIAS EN RONDA Y SUS ALREDEDORES (¿O FUERON TRES?)

 

Todos nosotros teníamos muchas ganas de hacer una escapada a Ronda y el Caminito del Rey y por fin, el 2 de octubre, San Saturio, nos arrancamos camino de la blanca, alegre y luminosa Andalucía.

 

Salimos de Soria cargados de ilusión a las 8 de la mañana, en dirección a la antigua ruta almorávide y llegamos a Ronda, más de diez horas más tarde, con la misma ilusión con la que habíamos emprendido el viaje.

Obviando el pequeño incidente que nuestro autobús tuvo a la entrada de Ronda, y que nos permitió hacer chistes y comentarios durante el resto del viaje, nuestros primeros pasos por Ronda pronto nos recordaron que estábamos en “la ciudad soñada”. No en vano poetas, pintores, cineastas y viajeros románticos se quedan embelesados con este rincón malagueño. Pero, fuera de un precioso conjunto de calles blancas, empedradas, con balcones de hierro forjado, bonitos patios, iglesias y, en definitiva la típica estampa de muchos pueblos andaluces, Ronda tiene una cosa que la diferencia de todos los demás y que fue lo primero que nos hizo saber que estábamos en una de las localidades más hermosas y buscada por los turistas (sobre todo por la multitud de chinos que aparecían por cada esquina). Me refiero a ese profundo cortado, a esa herida que el río ha labrado más o menos pacientemente a lo largo de miles de años y con una profundidad de más de 100 metros. A ese barranco que alza una majestuosa Ronda sobre las montañas. A partir de ese momento, todos nosotros sabíamos que comenzaba un viaje inolvidable.

Al día siguiente, gracias a la buena organización y la disciplina de todos los demás, tras un desayuno copioso, partimos a la hora prevista hacia nuestra ruta esperada, “el Caminito del Rey”. Aunque el acceso no estaba muy bien señalizado y la organización de la ruta guiada no fue lo esperado, creo que todos nos alegramos de poder disfrutarlo sin las ataduras de un guía.

Nosotros que estamos acostumbrados a caminar por el monte con respeto y libertad, nos sorprendió lo preparado que estaba “el caminito” para el turismo. La entrada, los cascos, la vigilancia……….pero supimos aislar los preparativos, para volcarnos en apreciar la preciosa obra de ingeniería construida en el parque natural del desfiladero de los Gaitanes. Un parque natural de enorme belleza con pasarelas de madera adosadas a las paredes verticales de un desfiladero de 100 metros y, en algunas ocasiones de hasta 500 metros de profundidad.

Ya desde el primer momento del recorrido, que apenas dura dos horas, experimentamos el vértigo y la altura del cañón. Aunque estábamos en el primer tramo, todos comenzamos a hacernos fotos y nuestros primeros selfies.   A lo largo del camino se divisan continuamente las vías del tren que une Málaga con Sevilla, que están perfectamente integradas en el entorno, y que nos hacía apreciar más su majestuosidad. Imagino que la última parte del recorrido en verano debe ser muy caluroso, pero fue la parte más pintoresca y espectacular, con pasarelas más estrechas y curvas que dan una perspectiva más vertiginosa. Atravesar el puente que une las dos caras del desfiladero por esa pasarela metálica, casi transparente, a más de uno nos encogió el estómago, las piernas, y todo nuestro cuerpo.

 

Pero nuestro día no terminó en “el caminito”. Nuestros organizadores nos tenían preparado un postre sorpresa, al que nos dirigimos después de una reparadora siesta en el autobús.

Con fuerzas renovadas llegamos al “Torcal de Antequera”. Un lugar mágico, de formas caprichosas y únicas que nos hizo entrar en un mundo de fábula donde las piedras parecen hablar. Todas te sugieren alguna figura, algún animal, setas, galletas…… El Torcal está lleno de recovecos que abrían la puerta a la imaginación de cada uno de nosotros, siempre controlados por la constante mirada de la multitud de cabras, corzos y aves que han hecho del lugar su hogar.

Montamos en el autobús de vuelta a Ronda con la sonrisa en los labios y, tras alguna nueva pericia del autobusero, volver a caminar por sus calles mientras el sol se iba escondiendo.

 

El viernes 4 finalizamos nuestra aventura admirando nuevamente la majestuosa Ronda, esta vez a plena luz del día.  Nos despedimos de la amable gente del hotel, del restaurante donde tan bien nos dieron de comer y emprendimos el viaje de vuelta satisfechos y con la sensación de que tres días parecen quince si sabes aprovechar cada momento, como así fue. Gracias a todos.

Charo Martínez

octubre de 2019

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