ORDESA EN EL RECUERDO 19-20 Octubre, 2018

 

 

 

Habíamos hecho nuestra última salida extraprovincial, con pernocta incluida, el pasado mes de Mayo por tierras asturianas, admirando los espléndidos paisajes que ofrece la montaña asturiana, reflejada en el brillo de los emblemáticos lagos de Enol, la Ercina y el Bricial, además de otras rutas por bosques encantados o itinerarios que conducen hasta la cueva de la santina. Fueron tres días de recorrido por el Parque de Covadonga de imborrable recuerdo. En esta ocasión solo ha sido un día, una ruta, pero quedará grabada en la memoria por la espectacularidad de su paisaje y la variedad de estampas atractivas que la naturaleza deja en nuestra retina, a modo de souvenir del encanto disfrutado: hablamos del parque natural de Ordesa y Monte Perdido.

Pero empecemos desde el principio.

Viernes, 19 de Octubre. Con la acostumbrada puntualidad que caracteriza nuestras salidas, a las 15,00 h. poníamos rumbo a tierras oscenses, con destino a la población de Torla. En esta ocasión 21 compañer@s del grupo nos hemos dado cita para disfrutar del pirineo aragonés. Se incorpora un nuevo socio, Jesús Angel, que se estrena con el grupo en esta ruta.

Enfilamos la carretera de Zaragoza dirección Tarazona-Borja. Una vez rebasada la comarca zaragozana, nos adentramos en tierras oscenses y, a medida que vamos ascendiendo hacia el norte de la provincia, observamos las mejoras en infraestructuras realizadas recientemente por esta zona, principalmente en los puertos de montaña, aunque no solo en ellos, que han ganado en seguridad y comodidad, con amplios y cómodos carriles   y la superación de la orografía del terreno mediante largos y variados viaductos, que facilitan una vía segura y de fácil acceso hasta las poblaciones circundantes. Pensamos y comentamos las carencias que en materia de infraestructuras tenemos todavía en nuestra provincia, los continuos retrasos en la mejora de las mismas y la sensación de agravio con otras zonas del territorio nacional nos parece evidente.

Cuatro horas después de nuestra salida (minuto arriba, minuto abajo), hemos llegado a la coqueta población de Torla. Es ya de noche y el pueblo aparece bajo el encanto de la iluminación nocturna que acompaña a este tipo de arquitectura pirenaica, ejemplo de sencillez, modestia y robustez. Rincones con amplia ornamentación floral en las fachadas de los edificios, monumentos civiles o religiosos que dejan ver su silueta bajo la luz tenue que destaca sus perfiles, fachadas de establecimientos públicos iluminadas con luces indirectas bajo el rótulo que las identifica y, sobre todo, la sensación de paz y sosiego que transmiten los espacios que besan las inmediaciones de los núcleos montañosos. Nuestro hotel se encuentra al pie de la carretera que atraviesa Torla en dirección a la pradera de Ordesa. Nos sorprende por su belleza sin estridencias y los motivos decorativos que abundan en las dependencias interiores, testimonio de una forma de vida pasada y los complementos estéticos de una época más presente.

En un restaurante próximo a nuestro alojamiento nos han servido la cena, según la planificación de horarios y menú que nuestro sherpa ya había dispuesto. Dejamos la pretendida animación post-cena para mejor ocasión y optamos por la opción más recomendable: sueño y descanso.

Sábado, 20 Octubre. Son algo más de las 7,00 de la mañana y algunos ya han hecho acto de presencia en el restaurante del hotel para dar cuenta del desayuno. Conviene hacerlo con moderada antelación a la hora anunciada de salida, 8,15, y disponer de un razonable espacio de tiempo para conocer, con las primeras luces del día, las inmediaciones del lugar, admirar las crestas montañosas que se nos ofrecen en la lejanía, y hacer el preventivo repaso de la mochila para asegurarnos que llevamos los pertrechos seleccionados. Preguntamos a los nativos del lugar por las condiciones meteorológicas que pueden darse durante la mañana y, sobre todo, allá arriba, en la montaña. Ha llovido bastante durante la noche y parece que el día estará menos lluvioso; no obstante, nos aseguran,es muy aconsejable que en nuestro equipamiento no falte alguna prenda para el agua. El tiempo en la montaña es cambiante y conviene ir preparados. Así lo hacemos y a la hora programada el autobús nos conduce hasta la pradera de Ordesa, arranque obligado para nuestra ruta hasta la exuberante Cola de Caballo, punto final del trazado de este itinerario.

A modo de presentación básica del lugar que vamos a disfrutar, diremos que el Parque Nacional de Ordesa y Monte perdido es un refugio fértil y rico en contrastes, resultado de una compleja geología, en permanente metamorfosis durante siglos y sigue en proceso de cambio. Lo forman valles de paradisíaca frondosidad, sierras labradas de bosque, elevados cañones, lagos y lagunas de vasta anchura, praderas de alta montaña y roquedos de espectacular posición. Por entre sus pinedos, hayas, abedules, bojs, tejos, fresnos y bosques mixtos se desarrolla una fauna adaptada a las duras condiciones del entorno. Fue declarado Parque Nacional por Real Decreto en Agosto de 1918, y entre las clasificaciones internacionales está considerado Reserva de la biosfera, Zona Zepa ( Zona Especial Protección de Aves) y patrimonio de la Humanidad por la UNESCO. En el verano de 1891, el excursionista francés Lucien Briet descubrió el Valle de Ordesa y abogó mundialmente por su conservación. Su obra “Las bellezas del Alto Aragón” estaba cargada de romanticismo, influido por la visión de la destrucción y tala que abundaban en el bosque de Ordesa. El filólogo prusiano Fritz Krüger propagó la atención a través de obras de geografía lingüística, que abordaban la cultura material de la montaña pirenaica. De esta forma, Briet y Krüger fueron dos de los principales instigadores de que el fondo del Valle de Ordesa fuera declarado Parque Nacional por el rey Alfonso XII en el año señalado, poco después de que el sitio de Covadonga obtuviese el mismo reconocimiento.

Poco antes de las 8,30 el autobús nos traslada a la Pradera de Ordesa, plataforma inicial de la ruta programada. Es una amplia llanura hasta donde llega el tráfico rodado. Desde aquí, parten las distintas rutas que recorren la amplitud y frondosidad del Parque, de mayor o menor dificultad, en función de las condiciones físicas del caminante o el trazado del trayecto y el punto de destino elegido. Nuestro camino seguramente es uno de los más transitados, tanto por su belleza paisajística, reflejada en la variedad de bosque, como en la espectacularidad de las cascadas que forma el río Arazas (compañero inseparable durante todo el camino), o los impresionantes farallones, tozales y paredes rocosas que flanquean el llamado Circo de Soaso, que se extiende a lo largo y alto del valle hasta coronar la Cola de Caballo. Es un itinerario de algo más de 10 Km. y 700 m. de desnivel hasta el final del trayecto, en suave y prolongada pendiente a lo largo del recorrido.

La senda de inicio es llana y muy bien delimitada para el caminante. De entrada, nos saluda la frondosidad del hayedo que conforma este mágico bosque pirenaico. Sus hojas, en pleno proceso de cambio y desnudez, muestran la metamorfosis cromática propia de la época, confiriéndole esa variedad de colores que la estación otoñal dota a estas especies arbóreas con esmerado detalle.

El arrullo del río Arazas, que por esta llanura fluye con ritmo rápido, como si tuviera   prisa por para verter sus aguas a otro caudal de más envergadura, es el sonido melódico que acompaña nuestros pasos y no nos abandonará hasta conocer la cuna de su altiva surgencia en la Cola de Caballo.

A poco de iniciar la andadura, arranca un camino a nuestra izquierda que conduce hasta la cascada de Cotatuero. Desde nuestra posición, podemos ver en la lejanía esta larguísima y bella cascada, una de las más altas del Parque. La senda hacia la misma, que no haremos por seguir otro itinerario, es un bosque umbrío por la abundancia de hayas y abetos, donde la profundidad del cañón de Arazas impide que la luz llegue a estos bosques. Solo durante las horas centrales del día y en verano, el sol calienta las copas de los abetos. La humedad es muy alta y el suelo del bosque, las rocas y los troncos caídos están cubiertos por una gruesa capa de musgo.

Continuamos nuestra ruta, que ya empieza a ser un suave y continuo ascenso, hasta acercarnos a la primera de las cascadas que forma el Arazas en su apresurado y rápido descenso: la cascada de Arripas. Es la primera que se nos presenta y, como veremos en las restantes que se hallan en nuestro trayecto, están dotados de un cuidado mirador para una observación cercana y detallada de las mismas. El Arazas se convierte en protagonista de nuestras cámaras fotográficas y admiración de estos rincones fluviales, que la naturaleza ha esculpido en el tiempo inmemorial de su actividad espontánea. La fuerza de la naturaleza, dibujada entre valles, ríos y picos, realza el paisaje agreste de esta tierra del pirineo.

Pero si el agua es presencia continua en estas latitudes, no es menos cierto que la configuración del bosque que recorremos a lo largo de nuestro camino le otorga a este espacio un no menor protagonismo de excepcional belleza y embrujo. Los hayedos que recubren esta tierra, además de ofrecer una gran variedad de colores durante las diferentes estaciones de la temporada, nos muestran otra característica peculiar de este entorno: el denso follaje de estos árboles obliga a que crezcan las plantas del sotobosque antes de que las ramas de las hayas se llenen de hojas, impidiendo así el paso de los rayos solares. En las zonas donde el haya forma un bosque mixto con el abeto, el sotobosque está tan condicionado por la escasa luz como por la elevada humedad. Fruto de esta combinación son las extensas “alfombras” de musgo y líquenes que se han formado, tanto sobre la piedra como en el recubrimiento del tronco de los árboles.

Seguimos nuestro ascenso por este bosque encantado, donde a cada paso descubrimos nuevos y extraños contrastes entre la naturaleza y la cultura. Sorprende, por ejemplo, la cantidad de árboles caídos que cubren el suelo del bosque, sin que se haya aprovechado su madera y la leña que permanece inerte. La explicación a este fenómeno es sencilla y nos la facilita un nativo de la zona: es el estado natural de un bosque no explotado. Los árboles viejos mueren y algunos árboles jóvenes no pueden superar la gran competencia por un espacio en el que echar raíces. Otros han recibido el ataque del rayo o no han sabido defenderse de los centenares de insectos o plantas parásitas. En un bosque en estado natural, estos árboles quedan en el suelo y sirven de base para musgos, líquenes y helechos. Finalmente, la madera descompuesta vuelve al suelo, aportando materia orgánica y esponjando el terreno, preparándole para servir de base a nuevos árboles.

Nuestra ruta continúa por la bien delimitada senda que nos conduce hasta el objetivo fijado. Apenas unos kilómetros más, y tras un corto desvío, nos topamos con otra caprichosa cascada que salta rauda entre los peñascos que acunan su cauce: es la cascada de la Cueva. Nueva sesión de fotos y parada obligada para escudriñar este rincón que rezuma vitalidad y fuerza natural sin contención.

Llevamos consumida más de la mitad de nuestra caminata y entre el grupo se observan expresiones de satisfacción y sorpresa, a partes iguales, por el acierto en esta salida, la belleza del paisaje y, además, la climatología nos está respetando: temperatura ideal para caminar, tiempo seco, a ratos soleado, a ratos nublado, pero por el momento no hay amenaza de lluvia.

 

La marcha discurre ahora por sendas que por momentos son llanos naturales y en otras ocasiones forman, con una mínima intervención humana, escalones sobre el suelo rocoso que recorre el Parque. Siempre ascendiendo, se nos presentan, en la aproximación a la Cola de Caballo, las archiconocidas y admiradas Gradas de Soaso: el río fluye ahora por una serie de escalones rocosos, formando un juego de pequeñas cascadas y charcas de gran belleza.

Superada esta nueva y bella estampa natural, a poco más de kilómetro y medio se divisa ya la cascada madre que da origen al río que nos ha acompañado todo el camino: la Cola de Caballo. Hemos alcanzado algo más de 1700 m. de altitud y ahora, este último tramo del camino, es una verde pradera donde podemos contemplar por primera vez una muestra de la ganadería de la zona: una reducida cabaña de vacas pastan plácidamente por este valle colgado del Cañón de Soaso.

La ganadería ha constituido, en épocas pasadas, una actividad fundamental para la economía de estas tierras. No tanto la agricultura, que apenas tiene lugar por la extrema climatología de estas latitudes.

La pradera que recorremos en esta última etapa es llana y está dotada de una sencilla pista de piedra que marca el camino a seguir y evita invadir otros espacios del valle, que dañarían la flora y la rica vegetación herbácea que en estas latitudes se desarrolla. Ya avistamos la espléndida cascada, punto final de nuestro recorrido, a la vez que vamos admirando las magníficas vistas que se ofrecen en la vertiente norte de la exuberante caída de agua: en la lejanía, pero en todo su esplendor, se nos muestra la cresta nevada del altivo Monte Perdido, situado a 3.355 m. de altitud.

Su presencia hierática y solemne, con su manto blanco, parece ejercer de vigía y guardián de los picos y praderas que se hermanan en este espectacular valle de mil contrastes, a la vez que observa la actividad de los numerosos visitantes que en este entorno se congregan, aunque pocos se cerquen hasta sus dominios montañosos. Y a sus pies, la imponente Cola de Caballo, proveniente de ambientes glaciares que se forman en lo alto de los picos que circundan este espacio. El hielo glaciar, al descender encajado entre montañas, aumenta los desniveles del terreno haciendo que el valle tenga forma escalonada. Cuando el glaciar se retira, el agua abre surcos en los bordes de los escalones, creando rápidos y cascadas. Este el origen morfo-geológico de la Cola de Caballo, a partir de la cual sale el ya mencionado Arazas

por unos anchos escalones, que más adelante remansan sus aguas en las ya citadas Gradas de Soaso. Fotos, elección de lugares estratégicos para una mejor instantánea, posturas y posiciones llamativas para impresionar a la cámara… Todo vale con tal de dejar impresas las imágenes que se guardarán en nuestro recuerdo al paso por estas latitudes. Desde nuestra posición observamos la llegada de otros excursionistas que se aproximan hasta la cascada por la cocida ruta de la Faja de Pelay, un enorme rellano que recorre la pared sur del cañón de Arazas, a media altura.

Hemos caminado algo más de tres horas y toca reponer las energías gastadas en este noble deporte que es el senderismo. Al pie de la cascada, y rodeados de numerosos visitantes que se han acercado hasta el lugar, descargamos las mochilas y organizamos la selección de viandas y todo tipo de productos compartidos en los corrillos que forma el grupo. En esta ocasión ha faltado la esperada tortilla. Su hacedor habitual, con buen criterio pensó que resultaba poco plato para tanto comensal, por lo que no iba a satisfacer a todos el deseo de su degustación. Otra vez será. Lo que no falta es la bota de vino y alguna botella adicional de un buen reserva, gentileza de Julián. Cerca de nosotros un grupo de cuatro mujeres jóvenes dan cuenta también del bocadillo. Les ofrezco un trago de la bota, que declinan amablemente. Les pregunto por su procedencia.

-“ Somos de Navarra “- ,me dicen

– “¿Y siendo de Navarra no os apetece un trago de vino? ¡No me lo puedo creer! ¿Seguro que no habéis hecho voto de abstinencia etílica? “- les insinúo. Una sonora y amable carcajada es la respuesta a mi manifiesta provocación.

Hemos repuesto fuerzas y ahora enfilamos la ruta de vuelta hacia la pradera. Por el camino no dejan de subir numerosos visitantes atraídos, como nosotros, por la belleza del lugar. El suave y continuo ascenso que recorrimos antes, ahora se transforma en una cómoda bajada, que parece dar alas a los pies para poner más entusiasmo en cada paso que damos.

No hay variantes de recorrido sobre nuestros pasos anteriores, salvo un pequeño desvío que haremos para contemplar otra hermosa cascada con que nos regala la vista el Arazas, la del Estrecho, y desde aquí tomar un camino que discurre por la parte más próxima al río, hasta desembocar en el aparcamiento de la pradera.

Imágenes, impresiones, contrastes, naturaleza viva, árboles, plantas…Todo ello forma un caleidoscopio de singular belleza por la variedad y matices de colores que presenta la vegetación de este espacio. Y en particular, hemos podido apreciar alguna solitaria flor típica de esos valles, como la famosa edelweiss o también llamada flor de nieve, de pequeñas dimensiones y tacto aterciopelado, con forma de estrella debido a unas hojas largas y puntiagudas.

Hemos llegado al aparcamiento y cerca de él discurre más tranquilo el Arazas. Sus aguas frías no son óbice para que algunas de nuestras aguerridas chicas del grupo metan los pies en el agua, a modo de alivio y descanso tras casi 21 Km. de pisar este pedacito de suelo del pirineo aragonés.

Tenemos el autobús cerca y la ropa de recambio dispuesta en nuestra segunda mochila de viaje para adecentar nuestra presencia en el restaurante, que se encuentra frente a nosotros, en la misma pradera de la que partimos. El almuerzo es un constante intercambio de impresiones y la unánime sensación de que los alrededores del Parque Nacional de Ordesa y Monte Perdido son una auténtica lección de equilibrio entre una naturaleza generosa y exuberante y una actividad humana totalmente integrada y respetuosa con el medio ambiente.

Salimos del restaurante cuando son más de las 17,30 h. Nuestro conductor, Pepe, nos autoriza para que dispongamos la hora que queremos regresar. No hay muchas dudas: por nuestra parte, cuanto antes subamos al autobús, antes tendremos el merecido descanso en nuestras casas.

El viaje de vuelta se hace tranquilo y con algún momento de somnolencia colectiva durante el trayecto, hasta la parada en una estación de servicio en carretera, que aprovechamos para refrigerarnos o calentar el estómago con un deseado café.

Hemos dejado atrás Huesca, su provincia, su pirineo, sus valles, sus cascadas, sus paredes rocosas. Pero nos queda de todo ello ORDESA EN EL RECUERDO.

 

Octubre,2018

 

Agnelo Yubero

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