OMEÑACA: PASADO Y PRESENTE DE UNA COMARCA

 

 

                                                                       Soria, 4 Febrero 2023

 

Es algo habitual en nuestras salidas encontrarnos con la cruda realidad que ahora llamamos la España vaciada, abandonada o despoblada. Llegamos a los pueblos, mejor o peor conservados en las viviendas que forman el núcleo poblacional, pero apenas vemos gente ocupando sus calles y escasos signos de vitalidad ciudadana por su entorno. Si acaso, alguna vivienda nos anuncia que está ocupada porque en sus inmediaciones hay ropa tendida y, excepcionalmente, podemos ver alguna chimenea humante, que testimonia la presencia humana en la aldea visitada.

Y sin embargo, esta situación no es algo nuevo que haya surgido en la era moderna por causas que no es el caso detallar. Si, imaginariamente, pudiéramos retrasar el reloj de la historia unos cuantos  cientos de años hacia atrás, podríamos encontrarnos con  situaciones semejantes, testimonios de  que la historia se repite, que no hay nada nuevo bajo el sol en determinadas semejanzas con el pasado y que la despoblación de unos enclaves, antiguamente poblados o, más bien, repoblados por gentes traídas de otras zonas, para dar consistencia y seguridad a ese entorno, también han sufrido un paulatino, o, tal vez, repentino proceso de despoblación. Y eso tendremos ocasión de comprobarlo en el camino que hoy hacemos. Pero vayamos al principio.

A la hora y en el lugar de costumbre, estamos citados para  encaminarnos al principio de la ruta que nos ha preparado Ricardo. Como novedad: muchas caras nuevas recién incorporadas a nuestro club (según acuerdo de ampliación en la última asamblea), que tenían ganas de dar rienda suelta a su indisimulada pasión senderista y hoy, por fin, ven satisfechos sus deseos de unirse a este grupo que han conocido por Internet, a través de amigos/as  o de ocasionales invitaciones que les ha permitido participar en algunas rutas anteriores.

Nuestro destino, Omeñaca. Poco más de 20 Km. nos separan de Soria. Y en menos de media hora hemos llegado a esta pequeña aldea, escondida a la vera del oriente soriano que enlaza con la carretera hacia Zaragoza. Como de costumbre, el silencio, la quietud y la paz de los entornos despoblados, reciben nuestra caravana de coches, sin dificultad para arracimarlos en cualquier rincón del pueblo que sirve de aparcamiento. No queremos molestar, pero aunque involuntariamente lo hiciéramos, no tenemos a quien. Así que, una vez estacionados y completado el ritual pre-ruta (comprobación de la mochila, estiramiento de bastones, ajustes de botas y cremalleras de abrigo, guantes y gorros bien calados para combatir la fría temperatura de la mañana), nos ponemos en marcha, siguiendo las primeras instrucciones de nuestro sherpa sobre dónde dirigir los pasos.

Salimos del pueblo por un cómodo camino de suave ascenso, conocido como camino de Peroniel. Siempre las subidas de inicio parecen  un desafío a nuestra inicial fortaleza física, todavía intacta. En este caso, la cuesta ni siquiera nos intimida lo más mínimo por su escaso perfil ascendente. Así que, mientras caminamos, vamos observando y comentando distendidamente sobre los escasos aperos agrícolas que se desperdigan por la periferia del municipio. El sol de la mañana la tenemos de cara, resaltando la gama cromática que colorea la imagen de estos campos castellanos: el verde renaciente del cereal todavía oculto, el tono ocre de las tierras que descansan este año de su función reproductiva, el gris perla de las piedras que salpican las extensas parcelas o las más consistentes rocas que eslabonan los contornos de estas ondulantes llanuras de nuestra geografía. Y sobre este paisaje, la hilera humana de caminantes, cuyo tono azul de su vestimenta emula  el mismo color  que expande  la bóveda celeste. Y junto a ellos, la vida vegetal que proclama la escasa, pero siempre celebrada vegetación que conforman encinas y pinos, flanqueando  caminos o llenando de vida la estéril  tierra enraizada de rocas  y suelos pedregosos.

No hemos recorrido todavía mucha distancia y nos desviamos, momentáneamente, de nuestro trayecto hacia un curioso embalsamiento de agua, formado a raíz de la surgencia de un manantial próximo, que ha permitido el aprovechamiento de su caudal sobre este terreno llano y ligeramente embolsado sobre el resto del suelo, como útil abrevadero para el ganado. Se le conoce como Laguna del arroyo del Valle de la Vega (aunque el término “laguna” tal vez resulta un poco exagerado por su reducida magnitud).

Retrocedemos sobre nuestros pasos y enfilamos por el llamado camino de Esteras. Fácil y cómodo de andar, pronto lo dejaremos para girar hacia el Barrancón, una quebrada de escasa pendiente que descendemos por su ladera más occidental, de firme pedregoso, formando en algún tramo curiosas disposiciones de las piedras erizadas sobre el suelo, que simulan falsas calzadas de otras épocas.

Del Barrancón salimos al camino castellano-aragonés que conecta con Pozalmuro. Otra pista  de suelo blanco que, sin duda, tiene más usos agrícolas que de comunicación inter-municipios.

Y enseguida avistamos lo que, sin duda, constituye el atractivo y motivo principal de nuestra ruta de hoy: el despoblado de La Pica. A lo lejos podemos divisar un reducto de edificios en ruinas, pese a que el paso de los años no ha conseguido su total extinción, consecuencia de una sólida construcción que en su día tuvo también una finalidad defensiva o de refugio a sus habitantes. El despoblado de La Pica es uno de los más nombrados de la provincia de Soria. La ocupación del lugar se remonta al siglo X  -según leemos en uno de los carteles informativos instalados en las inmediaciones- cuando se construye el torreón que preside el despoblado, conocido como torreón de la Pica o torre de los Salvadores. Ubicado en un pequeño promontorio que domina la vega del río Rituerto,  tiene más de 15 metros de altura  y está realizado en tapial de mampostería, técnica que ya fue utilizada por los romanos en la construcción de sus murallas. Este torreón formó parte de una red de vigilancia compuesta, además, por las torres que todavía quedan en pie (milagrosamente) en Aldealpozo, Castellanos del Campo y Masegoso. Por su ubicación, en un valle entre montañas, pudo cumplir también una función de refugio para mujeres y niños en caso de ataque. Además de la torre, que es su buque-insignia, pueden verse todavía las ruinas de algunos edificios de construcción muy posteriores (siglos XVII –XVIII), en concreto, una hilera de cinco

casas, ( tal vez la estructura de un palacete nobiliario), aprovechando las zonas antiguamente desocupadas y lo que queda de una anterior iglesia románica, apenas reconocible hoy en sus formas arquitectónicas. En el siglo XVII, el rey Carlos II concede a Francisco Bravo de Saravia, descendiente del linaje soriano de los Salvadores, el marquesado de La Pica, en reconocimiento a los buenos servicios prestados a la corona en las campañas del continente sudamericano. El despoblado presentó, a priori, buenas condiciones de habitabilidad, pues la fuente que mana en la parte baja del barranco (hoy irreconocible por estar cubierta de maleza), las tierras de cultivo del entorno y la protección que proporcionaba el torreón, hicieron de La Pica uno de los enclaves moriscos que limitaban el reino de Al-Andalus. Este enclave poblacional se deshabita definitivamente en el siglo XVIII y en la actualidad  –leemos en otro de los paneles informativos- el despoblado está adscrito al  término municipal de Tajahuerce.

Y aquí, al pie de esta fortaleza medieval,  bajo la inspiración de la ventana morisca que se abre sobre una de sus paredes, este cronista es requerido por nuestro inquieto sherpa Ricardo, para que declame el guión poetizado de cómo pudo ser el trágico romance de Romeo y Julieta, con un hilarante relato en un  heterodoxo italiano, jocosamente también llamado “macarrónico”, y que supera por su originalidad y surrealismo cualquier otra versión de esta inmortal historia medieval. ¡Ay, si Shakespeare levantara la cabeza! Y aunque el estreno de la “obra” tuvo lugar en la ruta anterior (lo señaló Emi en su crónica), el cronista, fiel al ruego de nuestro guía, declama de nuevo la imperecedera tragedia shakesperiana, con el único propósito de poner una nota de humor en el ambiente y arrancar  una sonrisa entre  los asistentes a la representación del improvisado juglar.

Y tras la distendida actuación del trovador, nos  espera el no menos gratificante y obligado asueto de toda ruta. Y lo hacemos donde los antiguos pobladores de nuestro escenario hoy visitado se abastecían del agua que permitía su asentamiento en este lugar: una fuente, hoy invisible por la espesa maleza y vegetación acumulada sobre su salida, pero, eso sí, compensada con un más que coqueto merendero, convenientemente equipado con mesas de madera y cercado por un no menos y apropiado  cerramiento, que le dan al pequeño reducto un aire  bucólico ( podríamos decir más turístico, pero sería hacer demasiado prosa sobre un lugar que respira historia, hazañas, poesía…). Y durante la consumición del bocadillo, no podía faltar la bota que muestra el logo del grupo, elemento que une apetencias y anima esfuerzos colectivos.

Salimos de nuestro acomodado rincón para comensales y, tras un corto repecho ascendente, afrontamos la senda de Lomalarga, para continuar por el camino de Tajahuerce. Y en el trayecto, en un pequeño llano de la ladera que ascendemos, encontramos un curioso artilugio para dar de beber a las aves que planean por estas tierras. Se trata de un bidón, de modestas dimensiones, sujeto a una estirada estructura metálica que se eleva aproximadamente un metro del suelo, y del cual sale un conducto para llevar el agua hasta un diminuto bebedero a ras de suelo, formando un pequeño hoyo que protegen unas varillas horizontales, pero que dejan perfectamente visible el minúsculo abrevadero. Creemos que se trata del “ingenio” de los cazadores para atraer la pieza hacia un lugar donde no abunda el agua y pueda saciar su sed y así abatirla desde su escondida posición. (O, tal vez, el intento de algún ecologista o animalista para proteger la fauna del lugar, aunque esta hipótesis nos parece menos probable).

De nuevo una amplia pista blanca, que extiende ramificaciones hacia municipios y lugares de la zona, transitados por vehículos agrícolas sobre estas tierras de labranza.

Y en la cómoda línea recta  que nos dirige hacia el punto de partida, improvisadamente tengo ocasión de encabezar la marcha del grupo  junto a Yolanda de Gracia, mientras hablamos del tema que hoy era motivo de comentario: la despoblación de nuestras tierras y cómo algunos municipios se han reinventado para mantener una población pequeña, pero estable, antes que rendirse a su desmantelamiento.

Llegados a un cruce y , siguiendo el manual del buen senderista, nos detenemos, esperando indicaciones del guía para conocer la desviación correcta hasta el fin de la ruta.

No estamos muy lejos de nuestro punto  final de hoy. Y tras tomar una estrecha vereda que se aleja de la pista que traemos, entramos en las inmediaciones de Omeñaca. Pero antes, hemos topado con el lavadero del pueblo. Visitable y magníficamente conservado, dos vasos y un chorro de agua limpia que los nutre, todavía podía tener el uso que siempre se ha dado a estas  útiles instalaciones de antaño.

Y un poco más adelante, la joya de la corona de este pequeño municipio: su iglesia, dedicada a Ntra. Sra. de la Concepción. Construcción del siglo XII, presenta una hermosa galería porticada, al más puro  y  sencillo estilo románico, formada por siete arcos, por donde, según la tradición (y así nos lo ha recordado Alicia a través de una reseña historiográfica que envió al whatsApp grupal), pasaron cada uno de los siete infantes de Lara a oír misa, antes de caer  bajo las hordas musulmanas, no muy lejos de este lugar. Los apoyos de esta galería lo constituyen columnas pareadas con elegantes capiteles, de excelente conservación, decorados con elementos de tipo vegetal varios de ellos y otros representan sirenas o monstruos marinos y uno a caballeros luchando contra estos seres. Motivos todos ellos de tradición soriano-silense, que vemos repetidos en otros claustros o pórticos de próximos a la Ribera del Duero.

Y así, entre encuentros con escenarios del pasado que nos hablan de una población que   allí habitó, artistas que esculpieron en piedra la idea de una creencia, una estética, una representación simbólica, o la nostalgia que nos recuerda  otras épocas de nuestros sobrios, pero animados ambientes rurales, hoy llenos del silencio que emana de sus casas, sus calles, sus lugares de recreo…,abandonamos Omeñaca, para hacer nuestro último reencuentro colectivo en el punto de partida, mientras compartimos una cerveza o un  vino, como muestra de satisfacción colectiva por otra pasión que nos une: el senderismo y el encanto de los caminos que hemos conocido.

 

Agnelo Yubero  

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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